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sábado, 10 de agosto de 2013

Amparo



Dicen que porque soy fotógrafo registro la vida con otros ojos. Puede ser, pero también puede ser a la inversa: tener esa capacidad de asombro ante cada detalle me hizo inclinarme por la tarea que amo hasta el delirio, aunque es pasión que  va en segundo término, porque primero está Amparo, indiscutiblemente.

Comencé con la fotografía como todos, casi jugando. En mi casa no había nadie que anduviera en esos menesteres, y sólo han quedado de mi niñez algunas fotos sacadas por el tío Carlos, el más innovador de todos, el único que tenía una máquina cuadrada, negra, tosca, con la que armaba un ritual:
-… a colocarse en pose, vos más cerca que no te toma la cámara, vos más arriba, agachate que la tapás a fulana, vos…
La familia quedaba retratada en las vacaciones, en blanco y negro, alta resolución. El tío Carlos se llevaba la máquina cuando volvía a Buenos Aires y en ella íbamos encerrados todos los primos, presos, duros, tiesos, hasta que las revelara y las mandara en sobres prolijos y rotulados con la dirección escrita justo en el medio.
Era una fiesta abrirlos y no podíamos con la urgencia que nos hacía saltar como muñecos destartalados.

Papá nos ponía en orden y abría demasiado morosamente ese tesoro, sabedor de que el juego del poder estaba de su parte. Cuando al fin salían las fotos, las mirábamos una a una y recuperábamos un poco de nuestra identidad, porque tío Carlos nos había robado un tiempo precioso que había sido de nosotros y ahora lo retornaba, en pedacitos. El regreso no nos devolvía el ayer y sus gozos, pero al menos, nos quedaba una tajada plantada en grises suaves que año a año se iban perdiendo…

Los primos son, ahora, una mancha apenas borroneada en la superficie. Los he tratado de recuperar en mi escáner, pero se han ido, se han perdido, se han quedado colgados en el pasado, se han congelado en un tiempo extraño en el que todos sonreímos como si estuviésemos vestidos de estatuas tontas.
El aire fresco de nuestras risas no se escucha, no se siente el eco cantarino del agua entonces clara, no se advierten los gritos de la playa en fiesta, no se ven los cuerpos maduros sorbiéndose el sol en las esteras…No se atrapa la vida. El tío Carlos habrá sido innovador, pero jamás fue apasionado.
A esa etapa le habían seguido las fotos de circunstancia en la Casa del Arte, en donde me topé con una sorpresa: quien tomaba las fotos era una mujer. Terminada la ceremonia de la Comunión, duro de paquete, marché a la toma angelical y recatada que era de uso y abuso: el reclinatorio decorado con femenino esmero, la pose neutra para significar que estaba cerca de los ángeles, la Virgen y Dios, el moño blanco impecable enmarcando el largo del brazo y demostrando la pureza, y la voz de la fotógrafa pidiéndome sonrisas, serenidad, con singular modulación, con sugestivo encanto.

De ahí en más, las camaritas que se pudieran, porque plata no había para esas cosas lujosas, y  la decisión final: irme a probar destinos en la Gran Ciudad, siempre pospuestos, por un motivo o por otro. Cursos en Academias, esfuerzo, hambrunas, puestitos sin importancia y el acceso al diario y alcanzar la felicidad, (porque eso era lo que amaba), fueron los siguientes escalones. Pero no era suficiente, yo quería algo más.
Y ese algo más, llegó con Amparo. Los desnudos que le hice también están en blanco y negro, pero viven, viven, viven… Ella persiste en esas fotos, está allí, mostrando sus pechos altaneros, la exacta curva de su cintura, su nuca deliciosa, sus cabellos volando como si fueran garzas, sus manos desleídas sobre los muslos redondos y morenos, sus ojos cerrados como si estuviera adormecida.
Aquella tarde inicial, su voz respondió a mi llamado como si me estuviera esperando. Me dio su teléfono un compañero de tareas, solidario como pocos, sabedor de que ese concurso de desnudos artísticos eran tentador y redituaría sus buenos dividendos.

Zabalía me lo dijo, sin vueltas, al mejor estilo de amigazo: - Esa mina vale oro, viejo… es una estatua griega que camina…llamala, haceme caso, salís primero, papá…
Dudé, soy algo tímido, lo reconozco. Di vueltas y más vueltas y entrando el atardecer, entusiasmado por un crepúsculo brillante y luminoso, me aferré al teléfono y marqué el  número que también marcaría mi destino. Contestó con elegancia, mucha calma y practicidad. Fijamos el lugar de la cita y me sentí poderoso.
Me dijo que era porteña, yo la noté fina y distinguida. Sus palabras medidas y económicas me dieron a entender que posaba para pagarse sus estudios de Literatura, pero que no era su ocupación definitiva, que todo era provisorio y precario. Fue la primera vez que le escuché decir eso. Pronto lo repetiría una y otra vez. Amparo decía con presteza, usando a la manera de leit motiv, comúnmente, dos calificativos: todo era  precario y provisorio.
Parecía tener un sentido de los sucesos muy distinto al mío, que pensaba que todo era para siempre. No se aferraba a las situaciones ni a los sueños, los mutaba de continuo. ¿Podría calificarla de pragmática? Hoy diría que era intuitiva, que tenía un sexto sentido para las cosas, que adivinaba entre líneas… pero ya no tiene caso. ¿A qué divagar? Era así, hasta sensata, diría.
Aún cuando su desempeño como modelo no era el destino que había elegido como definitivo, manejaba muy bien su trabajo y lo hacía con gran destreza. Era un sueño esa mujer y, fotografiarla, suponía íntimo regocijo.
Por lo general, me había dedicado a paisajes, y mi atrevimiento con el desnudo obedecía más a la necesidad de instalarme en el medio y ser reconocido, que a pasión verdadera. Pero lo de Amparo fue demoledor: fotografiarla pasó a ser mi pasión. ¿O mi obsesión?
Cada vez que programábamos una sesión de fotos, yo preparaba el estudio como si se tratara de una misa pagana. Siempre había flores, fuentes que cantaban pequeños suspiros de agua leve, alfombras tibias, cortinas en resguardo y la consiguiente parafernalia técnica que cada vez era más sofisticada, pero inútil, porque a ella casi siempre la tomé con la primera cámara que tuve como propia: era vieja, cuadrada y tosca como la del tío Carlos. Sin embargo, yo amaba sus formas difíciles y el sólo tacto de su superficie áspera prendía la chispa de la pasión y el deseo.

Amparo hacía lo suyo, como si fuera una sacerdotisa. Se quitaba la ropa con giros breves, la dejaba caer exactamente en donde debía, pero con desgano. Se iba descamando de velos y telas para emerger como la Venus de Botticelli naciendo de las aguas, lejana y sin ningún pudor, segura de su encanto. Luego, venía el paso imprescindible y, sin palabras, ejecutaba su propio ritual: me miraba, me encendía, me prendía fuego y luego, con un gesto sutil y como al acaso, iba entrecerrando sus ojos hasta que las pestañas inmensas y tupidas se abrazaban unas con otras y se unían en un cerco de pelo espeso y brillante para negarme sus ojos. Segura de su magia, suspiraba y comenzaba a moverse al compás de una música que sólo oía en su interior.
El silencio más absoluto nos rodeaba, pero nuestros mudos corazones cantaban y sé que era la misma canción.

Parece un absurdo lo que diré aunque ya estoy acostumbrado a mis paradojas : noto que he acariciado la piel de Amparo de todas las formas posibles, pero la más apasionada ha sido aquella en la que estuve lejos, detrás de la cámara, sorbiéndome cada tramo de su intenso cuerpo como si fuera un vino profundo y delicioso.
Razón había tenido Zabalía: saqué el premio y toqué el cielo, las nubes y hasta la barba de Dios, esa que me mostraba la tía cuando era mi catequista.
Cuando lo supo, ni se inmutó, sólo esbozó una seductora sonrisa, cerró los ojos, entrelazó las pestañas y me negó las pupilas. Sentí que jamás podría prescindir de su presencia .No se lo dije, se lo hice entender de otro modo, mucho más directo .Consintió, serena y suave, hasta que el  huracán se desató en el lecho y la barba de Dios tuvo la textura de su pubis de seda.

Entonces, sonaron campanas. Sonaron campanas porque el cuerpo  vibró como si un ruido inmenso entrara en él y lo sacudiera, como si un látigo lo recorriera por entero. Sonaron campanas. Yo sé que eran de fiesta, de redobles de gloria, de alegría, de un tono grandioso. Sonaron campanas. Yo sé que  eran campanas inmensas como catedrales, altas y firmes, sonoras y puras, llenas de la luz que atraviesa los vitrauxs destilando colores y dibujando nubes doradas. Sonaron campanas. Las escuché con unción, en el silencio puro del alma, en el vacío que se hace espera, regocijo, calma y serena magia.
Por un momento, creí que la respiración habría de cesar y que mi corazón estallaría como un inmenso globo rojo reventando en fuego vivo. Por un momento, su piel fue leve, escasa, apenas el envoltorio del cuerpo conmovido, de la boca abierta como una flor sin manchas, pura gracia. Por un momento yo estuve a solas con mis recuerdos, con mis días niños, con mis esperanzas, con mi fe que tintineaba como campanilla. No hubo nadie más que los dos, aunque estuviéramos en medio del mundo y su bullicio.

Amparo no solía usar joyas, parecía no necesitarlas. La mejor de todas era su piel…y alcanzaba. Recuerdo que otra tarde, concluida ya la rutina reiterada, noté que movía su brazo derecho en dirección al hombro izquierdo, levemente, como si una araña imperceptible recorriera la cuesta del brazo en descanso… La mano siguió el trazado con dulce suavidad, y abrió el cuenco en que se había convertido para dejar caer el tesoro en custodia; entonces fue que comenzó a correr por la espalda soberbia y desguarnecida, un hilo de perlas. Levantó en cámara lenta el mentón y su nariz perfecta fue cortando el espacio, lentamente, hacia lo alto. El pelo moreno y largo se deslizó cubriendo con claras brechas de luz  la superficie laxa. En ese momento dejó desmayar las perlas, suavemente…No pude menos que realizar la toma, en medio de una conmoción absoluta. Amparo me tiraba perlas, me retaba a duelo con la emoción, me jugaba joyas para que me atreviera y creara…

La seguí en sus contoneos felinos, la perseguí, giramos en un extraño baile sin música ni coreografía establecida. A veces, al ritmo de un vals lentón, a veces el duelo se acercaba a una tímida balada y quizás, en ciertos momentos, hasta danzamos, intensos, sin rumbo alguno…Las fotos fueron creciendo – (perlas, al fin…) -  y al cabo del proceso, quedó fijada en la placa como si se tratara de una obra renacentista.
Esa toma me sirvió para lograr una resonancia impensada, se hizo famosa y pronto logré el reconocimiento que no había buscado pero que llegaba, ahora, de su mano y gracias a su embrujo.
Yo no hacía otra cosa que apresar lo que ella me entregaba. Éramos dos  en ese juego maravilloso de empatías y transferencias. La magia crecía como un velo envolvente y los dos estábamos presos en sus fauces. Mi destino precario de fotógrafo sin nombre ni brillo había cambiado  y mis desvelos habían partido, junto con las dudas y los fracasos. Estaba en otro espacio al que no se me habría ocurrido asomarme jamás.

Poco a poco, bajo su mano graciosa y prolija, el nuevo departamento que nos cobijó fue adquiriendo un curioso aspecto. Ella no gastaba demasiado en adornos, prefería el detalle creativo, el reciclado elegante antes que el señorío impersonal, al que solía calificar de presuntuoso y tilingo. Tenía un exquisito gusto y podría decir que nuestra casa tenía carácter, que era acogedora y extraña, con algo de misterio y mucho de encanto. Le gustaba jugar con la luz y sabía aprovechar los soplos que la claridad le ofrecía.

Convinimos en que cada uno de nosotros tendría su propio escritorio y hubo un acuerdo tácito en respetar la privacidad necesaria para desarrollar nuestras tareas sin interferencias. Eligió para sí el cuarto más pequeño y me cedió el de mayor amplitud. Levanté mi antiguo taller y me trasladé con mis bártulos a este nuevo sitio.
Amparo adosó estantería a las paredes y un buen día, comenzó a llenarlas con sus libros, innumerables  y variados. Allí instaló su computadora y un aparato musical viejo que me comentó que era único en su género y había sido armado por un tío. Siempre hay un tío, pensé, qué casualidad…
Yo aproveché el bañito del fondo para la sala de revelado y mis escenarios para las tomas fueron a dar a una pieza llena de luces, cosa que agradecí infinitamente, porque es vital para mí.
En ese mundo estructurado con consenso y en paz, comenzamos a vivir un clima de creaciones. La casa pronto se llenó de buenos rumores. Nos sentimos cómodos y felices.

A veces, nos reuníamos en el living, y  me mostraba algunas de sus obras, en tanto yo le acercaba mis últimas fotos y compartíamos comentarios que siempre resultaban interesantes, calmos y enriquecedores. Pasábamos momentos deliciosos, nos complementábamos y nos divertíamos con sus salidas. Tenía muy buen humor, hacía señalamientos agudos, festejaba cada hallazgo en las fotos, subrayaba los logros de sus poemas, pedía mi aprobación o mi crítica.
Así era todo con Amparo: una fiesta que ella se esmeraba en ejecutar con modos suaves y ritmo febril, porque era verdaderamente pura energía.


Tiempo más tarde comenzarían los inconvenientes. La vida hubiera seguido en ese ritmo tierno y atrapante, si no hubiera descubierto ciertas molestias para su salud. No mostró alarma, buscó información y especialistas y al cabo, todo pareció haber sido un mal sueño. Al menos, así me lo comunicó.
Me pidió que la dejara sola en esa empresa. Privilegié su intimidad y su pudor y la respeté. Confiaba en ella, pero sentí el avispón del peligro vagando con ecos mudos por nuestros días encantadores.

Todo sucedió muy rápido, demasiado, quizás tanto que no me dio tiempo a pensar, siquiera. No se había zanjado el problema y Amparo decayó, lentamente… Inútiles fueron los intentos del médico. Había negado tanto el cuadro que el descubrimiento se produjo pocos meses antes de su partida. No hubo alternativa posible, sólo el discreto calmar de dolores con remedios, y la tranquilidad.
Me pidió que no le hiciera más tomas. Acepté sin objeciones y me dediqué a fotografiar paisajes. El regreso a la naturaleza  no calmó mi angustia, sin embargo. El tiempo era duro y la casa estaba vestida de tristeza. La música parecía la mejor compañía. Largas tardes con serenas baladas como cortina, adelantando el final inevitable, nos vieron a cada uno en lo suyo. Amparo miraba el horizonte desde su cama, en los momentos en que las crisis lo permitían. Yo recorría la ribera del Paraná  buscando en dónde recalar la inmensa pena.

Una turbia noche de junio, fría e inclemente, nos dejó, me dejó… Su recuerdo quedó ondeando en la pieza en donde la vimos partir. Yo mismo la vestí para su gala final. Con ternura intensa enhebré el último de los rituales que celebraríamos juntos y le puse su mejor ropaje: su piel. Así se fue, arropada en su propia seda. El tiempo haría el resto. El tiempo… ¿El tiempo?
No hay otra cosa más dura y triste que las partidas sin retorno… Ese saber que nunca más es desolador. Uno piensa, se resiste a resignarse, aventura todavías, algún día, quién sabe… pero no hay regreso.
El abandono debe de ser una de las peores cosas que le toca sobrellevar al ser humano. Es la devastación. Uno se arma su vida, se teje costumbres, rituales, pequeños gestos que lo obligan a abrir los ojos al día con esperanzas, se anuda ínfimas alegrías en el alma, la entona con canciones, recuerdos, la acaricia pensando en la próxima vez y de pronto, todo se derrumba como si fuera la arena de las dunas llevadas por el viento.

El territorio del abandono es lacio, seco, hostil, quita energías, subsume fuerzas, da lo mismo todo: hacer o dejarse estar. Lentamente nos va ganando una molicie no querida pero que nos enchaleca con su fuerza extraña y no deseada. No podemos escapar, no hay por dónde escapar…Todo nos vuelve a retrotraer a aquellas jornadas gloriosas en que la comunión era el condimento de la vida.
El mundo continuaba, sin embargo, y yo en él, y Amparo y su ausencia, a mi lado…
Hacia el fin del invierno, los lapachos estallan en lilas y la Alameda es un gozo sin par. Ese invierno no fue distinto.
Un día, justo un día, me parecieron más brillantes que nunca. Tomé mi vieja cámara y salí camino a San Miguel.
Tratando de esquivar las florcitas que alfombraban veredas, recordé las perlas que Amparo dejaba caer sobre su espalda. Sentí la imperiosa necesidad de tomar otra foto que la recordara. Fue como un rayo que me alumbró y me sacó de quicio.

La placita explotaba en primaveras. Extrañé más que nunca.Tanto extrañé que caminé, caminé, caminé y seguí de largo, sin tomar precauciones. Cuando el auto me levantó en vilo alcancé a apretar el gatillo de luces y disparé, disparé, disparé, sin importarme las vueltas que iba dando por el aire.
En ese justo momento, el cielo se abrió y sé que la mano de Amparo me apretó fuerte, fuerte, al fin, después de tanta ausencia. En ese momento, lo supe, lo escuché, tañeron las campanas de San Miguel. Ah, nuevamente, y como antes, ¡sonaron campanas!
No recuerdo lo que pasó después. Sé que alguien me recogió y que muchos me llevaron hacia la vida. La recuperación fue lenta y penosa. No tenía ganas de regresar. Pudo más el esfuerzo de los especialistas, que mi instinto de sobrevivencia. Muy a mi pesar, y poco a poco, volví a mis tareas.

Una mañana entré a mi taller y vi la máquina oscura y áspera. Parecía un milagro que hubiera podido recuperarla. Me dijeron que apareció sobre la vereda, intacta, junto a mi cuerpo.
Algo extraño se desprendía de su costra negra, como invitándome a abrir su corazón. Tomé el rollo, con singular unción, como si fuera parte de un antiguo ritual.
El proceso de revelado me impidió respirar, por un momento, y luego apareció lo impensado: en una de las fotos, una superficie tersa, igual de tersa que la espalda de Amparo, sostenía pequeñas florcitas lilas que lucían como perlas. El paisaje se había convertido, él mismo, en su cuerpo torneado y dúctil y las pequeñas flores, en las joyas con las que jugara alguna tarde.
No precisó ningún retoque. Con esa toma, qué curioso, logré mis sueños: la consagración y  finalmente, la Gran Ciudad a mis pies.
Ya no veo los lapachos de la Alameda cuando inicio mis mañanas, ni el río bravo y arisco, ni las pronunciadas barrancas, ni siento el calor de la provincia.
El día en que me fui para no regresar nunca más, supe que el hueco del silencio también tiene sus claroscuros y me rendí ante la pena. Entendí, al fin, cuánto de precaria tiene la felicidad, como solía decirme Amparo. Pero también supe que el amor no es provisorio, al menos para mí, que vivo con su ausencia como la única foto en blanco y negro, alta resolución, que rescato de mi pasado, totalmente en sepia.

Laura Erpen
"Es un cuento paranasero ... 
Justo en estos tiempos , cuando empiezan a florecer los lapachos de la Alameda ...
Paraná , con su encanto , quedó para siempre en mi corazón ."
Fuente de texto y foto
Laura Erpen en facebook :Laura Erpen

miércoles, 10 de julio de 2013

Ana María Shúa en Leer es un Placer


Con la conducción  encantadora de Natu Poblet y Carlos Clérici quien nos deleita con las lecturas de fragmentos  y a veces el texto completo de los autores a quienes entrevistan resulta una cita impostergable los miércoles de  de 11 a 12 hs y viernes a las 16 hs. (Argentina).Lo pueden escuchar online en Radio Conexión Abierta :(hacer click en el siguiente enlace): conexionabiertavivo.com.ar 

El miércoles 10 de julio estuvo la escritora Ana María Shúa presentando su libro de relatos "Contra el tiempo", publicado por Páginas de Espuma, edición de Samanta Schweblin.





Un programa con el cual disfruté altamente de la charla con la autora ( hacía tiempo que no leía a Shúa  a quien sigo desde sus comienzos, desde La sueñera tantas veces leído con mis alumnos...así que les dejo una foto de esa entrevista , el audio completo del programa y uno de los relatos en la voz de Carlos Clérici.


Un momento de la lectura de uno de los relatos de Ana María Shua en la voz de Carlos Clérici
Más fotos en : Leer es un placer Álbum de fotos

Escuchar en el canal  Leer es un placer en Ivoox el programa completo



 Ir a : Reproductor con todos los audios del programa


Ana María Shua: Contra el tiempo en Leer es un Placer 



Otros videos sobre  la autora


Ana María Shua. Relato del  libro :
Fuente del texto: Nota en Página 12 edición  Jueves, 17 de enero de 2013  Web de la autora: Ana María Shua Esto decía la escritora sobre este cuento en una nota  realizada en Página 12 : "Nadie puede saber lo mucho que este cuento tiene que ver con la muerte de mi padre. No aparezco yo, ni siquiera mi alter ego, y tampoco mi padre, ni siquiera transformado. Y sin embargo." El texto completo tomado de la edición digital de Página 12 del 17 de enero de 2013 es el siguiente:
"A fines de 1979 gané un concurso convocado por la editorial Losada y así conseguí publicar mi primera novela, Soy Paciente. Como escritora joven, en la época de la dictadura tenía poca competencia y accedí rápidamente a una módica fama dentro del ambiente literario. Poco después un diario importante me pidió, para su suplemento cultural, un cuento de setenta líneas (no existían las computadores y nadie calculaba los caracteres). Escribí primero “Fiestita con animación”, un cuento en el que una nena, en su fiesta de cumpleaños, hacía desaparecer a su hermana con un truco de magia y nunca más la volvían a encontrar. Lo llevé al diario y unos días después me llamó un editor del suplemento para decirme, muy amablemente, que no podían publicarlo y que por favor les escribiera otro. Era la primera vez que un medio importante me iba a publicar un cuento y yo pensaba que estaba a punto de perder una de las grandes oportunidades de mi vida. Muy insegura y preocupada pensé que lo habían rechazado por mala literatura. Tardé años en darme cuenta de que en ese momento el diario no se atrevía a publicar un cuento en el que había una desaparecida. Entre tanto, ya con muy poco tiempo, intenté escribir otro. Así fue como nació una primera versión, más breve, de “La señora Luisa contra el tiempo”.
Nadie puede saber lo mucho que este cuento tiene que ver con la muerte de mi padre. No aparezco yo, ni siquiera mi alter ego, y tampoco mi padre, ni siquiera transformado. Y sin embargo.
Sin embargo, a esa edad, esa era mi única experiencia del dolor ante la muerte. Hacía ya seis años que el corazón de mi padre se había detenido, de pronto y para siempre. Y la pena extrema, devastadora, que sentí en ese momento seguía produciendo agradables consecuencias literarias. Como bien dice Pessoa, quien escribe literatura hasta finge que es dolor el dolor que de veras siente. En nada me parezco a la señora Luisa, excepto en ese dolor que compartimos. Sólo que a ella, en mi cruel omnipotencia, la hice sufrir todavía más: le maté a un hijo.
Muchos años después, en una entrevista pública que me hicieron en una universidad alemana, un profesor muy inteligente me preguntó si yo consideraba que “La señora Luisa” se inscribía en la tradición de la literatura fantástica en la Argentina. Yo había dormido mal la noche anterior, estaba atontada, y me lancé cuesta abajo en una larga disquisición sobre el papel de la fantasía en nuestra literatura de ficción, la importancia de la famosa Antología de Borges-Bioy-Ocampo, la presencia de lo fantástico en Arlt y en Cortázar. Después que haya leído el cuento, el lector entenderá mejor por qué estaba diciendo tonterías"
Por Ana María Shúa.
Fuente: Edición digital de Página 12 , 17 de enero de 2013

lunes, 13 de agosto de 2012

Primavera a la carta





Corrían los primeros días de la primavera.
Nunca jamás se debe comenzar un cuento de este modo, cuando se escribe. No hay apertura peor. Es seca, sin relieve, carente de imaginación y, según todas las probabilidades, sólo ha de contener viento. Pero en este caso resulta permisible. Pues el párrafo siguiente, que debería haber inaugurado la narración, es demasiado extravagante, descabellado y ridículo para que se lo lance a la cara del lector, sin preparación alguna.
Sara estaba llorando sobre el menú.
¡A quién se le ocurre! ¡Una neoyorquina derramando lágrimas sobre el menú!
Para explicar este hecho, se permitirá al lector pensar que se habían terminado las langostas, o que ella había hecho promesa de no comer helados durante la Cuaresma, o que acababa de pedir cebollas, o que terminaba de ver una película muy triste. Y luego, considerando que todas estas teorías son erróneas, se dignará el lector permitir que el relato continúe.
Cierto caballero afirmó una vez que el mundo era una ostra y que él la abriría con su espada; en realidad, acertó más de lo que merecía. No es difícil abrir una ostra con una espada. Pero ¿alguna vez se vio que alguien tratara de abrir a ese terrestre molusco utilizando una máquina de escribir? ...



¿Querría esperar a que abran una docena con tal sistema?
Sara había logrado apartar las valvas con esa incómoda arma, lo bastante como para mordisquear un poquito el frío mundo interior. Sabía tan poca estenografía como una recién graduada de la escuela de comercio.
Por lo tanto, incapaz de taquigrafiar, no podía ingresar a la brillante galaxia de los talentos oficinescos. Trabajaba como mecanógrafa independiente, haciendo copias para quien se lo pidiera.
En su batalla contra el mundo, su triunfo mayor había sido el trato hecho con el restaurante Schulenberg, Comidas Caseras. Ese local estaba junto al viejo edificio de ladrillo en donde ella alquilaba un cuarto. Una noche, después de consumir los cinco platos del Menú Fijo Schulenberg de Cuarenta Centavos (servidos con la misma celeridad con que se arrojan cinco pelotas en el béisbol), Sara se llevó la lista de comidas. Estaba redactada en una escritura casi ilegible, que no era inglés ni alemán, y dispuesta de modo tal que, si uno no se andaba con cuidado, empezaba la cena con escarbadientes y budín de arroz, para terminarla con sopa y el día de la semana.
Al día siguiente, Sara presentó a Schulenberg una pulcra tarjeta en donde se leía el menú, bellamente mecanografiado, con las viandas tentadoramente dispuestas bajo los encabezamientos adecuados, desde “Antipastos” hasta “No nos responsabilizamos por la pérdida de sobretodos y paraguas”.
De inmediato, Schulenberg se convirtió en ciudadano naturalizado. Antes de que Sara lo dejara ir habían llegado afablemente a un acuerdo: ella debía proveer listas de platos mecanografiadas para las veintiuna mesas del restaurante (una nueva por cada día), más las correspondientes al desayuno y al almuerzo, con tanta frecuencia como lo requirieran los cambios de menú o la pulcritud de las tarjetas.

A cambio, Schulenberg le enviaría tres comidas diarias a su habitación, por medio de un mozo (obsequioso, de ser posible) y le proporcionaría, todas las tardes, un borrador a lápiz de lo que el Destino depararía a los clientes de Schulenberg al día siguiente.



El acuerdo funcionó para satisfacción de ambos. Los comensales del restaurante pasaron a saber cómo se llamaba lo que comían, si bien a veces los intrigaba su naturaleza. Y Sara tuvo comida asegurada a lo largo de un invierno frío y oscuro, lo cual era su mayor interés.
Pero entonces el almanaque, mentiroso, dijo que había llegado la primavera. La primavera llega cuando llega. Las heladas nieves del crudo invierno aún yacían, inexorables, sobre las calles de la ciudad. Los organillos seguían tocando En los buenos tiempo del verano, con tanta vivacidad y sentimiento como al concluir el otoño. Los hombres empezaron a librar pagarés a 30 días para pagar vestidos primaverales. Los porteros suprimieron la calefacción. Y cuando ocurren estas cosas, uno puede estar seguro de que la ciudad sigue en las garras del invierno.

Aquella tarde, Sara temblaba en su elegante dormitorio separado por un tabique del resto de la sala, “calefacción; limpieza esmerada; comodidades; ver para creer”, sin nada que hacer salvo los menús de Schulenberg. Sentada en su chirriante mecedora de mimbre, miraba por la ventana. El calendario de la pared insistía en gritarle: “Llegó la primavera, Sara, te digo que llegó la primavera. Mírame, Sara: mis números lo dicen. Y tú, Sara, tienes una silueta primaveral. ¿Por qué miras por la ventana con tanta tristeza?”

El cuarto de Sara estaba en la parte trasera de la casa. Al mirar por la ventana sólo veía un alto muro de ladrillos, sin aberturas, correspondiente a la fábrica de cajas de la calle siguiente. Pero ese muro era del más puro cristal, y la muchacha contemplaba una pradera cubierta de césped, sombreada por cerezos y olmos, bordeada por matas de frambuesa y rosales silvestres.
Los heraldos reales de la primavera son demasiado sutiles para la vista y el oído. Algunos necesitan ver florecido el azafrán y estrellado el bosque de cornejos, o escuchar la voz del mirlo, e incluso un recordatorio tan grosero como la despedida de las ostras y el alforfón en retirada, antes de recibir a la dama de verde con sus pechos entumecidos. En cambio, para los hijos dilectos de este viejo mundo, hay mensajes directos y dulces de la nueva esposa, diciéndole que no serán hijastros a menos que así lo prefieran.

En el verano anterior, Sara había ido al campo, donde se enamoró de un granjero.
(Al escribir un cuento nunca se debe retroceder así. Es mala literatura y mutila el interés. Es preciso dejar que la acción camine y camine.)
Sara pasó dos semanas en la granja Sunnybrook, donde llegó a enamorarse de Walter, el hijo del viejo Franklin. Muchos granjeros han sido amados, desposados y enviados a pasturas en menos tiempo. Pero el joven Walter Franklin era un agricultor moderno. Tenía teléfono en los establos y sabía exactamente qué efecto causaría la cosecha de trigo de Canadá, el año siguiente, en las papas plantadas durante la luna nueva.

Fue en esa sombreada y aframbuesada pradera, donde Walter le hizo la corte y la conquistó. Allí se habían sentado juntos, tejiendo una corona de dientes de león para su pelo. Después él alabó exageradamente el efecto de los capullos amarillos contra sus cabellos castaños; ella dejó allí la corona y volvió a la casa agitando en las manos el sombrero de paja.
Debían casarse en la primavera... con las primeras señales de la primavera, había dicho Walter. Y Sara volvió a la ciudad para castigar su máquina de escribir.




Un golpe a la puerta borró las visiones de Sara sobre aquel día feliz. Un mozo traía el borrador a lápiz de Comidas Caseras, redactada con la escritura angulosa del viejo Schulenberg. Ella se sentó ante la máquina y puso una tarjeta entre los rodillos. Era hábil mecanógrafa; por lo general, una hora y media le bastaba para terminar los veintiún menús.

Ese día, los cambios de la lista eran más numerosos que de costumbre. Las sopas eran más livianas; había desaparecido el cerdo de entre los antipastos y sólo figuraba, con nabos, en la sección “Parrilla”. El gracioso espíritu de la primavera impregnaba todo el menú. Los corderos que poco antes brincaban en las verdes colinas habían entrado en explotación, con una salsa que conmemoraba sus cabriolas. El canto de la ostra , aunque no acallado, estaba diminuendo con amore. La sartén parecía pender inactiva tras las barras benéficas de la parrilla. La lista de pasteles se había henchido; los budines más sustanciosos ya no existían, y los embutidos, con todas sus vestiduras, perduraban apenas en una agradable catalepsia, con los alforfones y el dulce pero malhadado jarabe de arce.
Los dedos de Sara bailaban como los mosquitos sobre un arrollo estival. De plato en plato, fue dando a cada uno su sitio exacto, según la longitud del nombre, calculando con ojo experto.
Antes del postre venía la lista de verduras: zanahorias y arvejas, espárragos sobre pan tostado, los perennes tomates, maíz, chauchas, repollo y...
Sara estaba llorando sobre su lista de platos. Desde las profundidades de alguna sagrada desesperación, las lágrimas se elevaron en su corazón y se le agolparon en los ojos. Bajó la cabeza sobre la pequeña máquina de escribir, y el teclado matraqueó un seco acompañamiento a sus húmedos sollozos.


Pues no había recibido carta de Walter en las dos últimas semanas, y el siguiente plato del menú era diente de león... diente de león con huevos... ¡Pero a quién le importaban los huevos! Diente de león, con cuyos dorados pimpollos la había coronado Walter, nombrándola su reina de amor y futura esposa. Dientes de león, los heraldos de la primavera, la corona de espinas de su tristeza, remembranza de días más felices.
Señora, la desafío a sonreír en medio de esta prueba. Que le sirvan en ensalada, con aderezo francés, las rosas finísimas que le trajo Percy la noche en que usted le dio su corazón. Si Julieta hubiera visto así deshonrados los testimonios de su amor, tanto antes habría ansiado las hierbas letales del buen boticario.

Pero ¡Qué bruja es la primavera! Era preciso enviar un mensaje a la fría metrópolis de piedra y acero. No había quién lo llevara, salvo el pequeño y resistente mensajero de los campos, el de tosco abrigo verde y aspecto humilde. Era un verdadero soldado de la fortuna, este diente de león. Florido, será asistente del amor, enredado en la cabellera castaña de mi dama; joven, imberbe y sin flor, entra en la cacerola y transmite la palabra de su soberana.

Poco a poco, Sara contuvo las lágrimas. Había que escribir los menús. Sin embargo, demorada todavía un leve, dorado resplandor de flores amarillas, golpeó distraídamente las teclas de la máquina por un ratito, con la mente y el corazón en la pradera de su joven granjero. De todos modos, pronto regresó a las rocosas laderas de Manhattan; entonces los tipos metálicos empezaron a saltar como un automóvil en carrera a campo traviesa.

A las seis de la tarde, el mozo le trajo la cena y se llevó las tarjetas mecanografiadas. Sara dejó a un lado, suspirando, el plato de dientes de león con su corona de huevos. Tal como esa masa oscura se había transformado, de una flor brillante, sostenida por el amor, en una ignominiosa verdura, así sus esperanzas estivales se marchitaban y perecían. Como decía Shakespeare, el amor puede alimentarse a sí mismo, pero Sara no se podía decidir a comer plantas que, como adorno, habían agraciado el primer banquete espiritual de su corazón.
A las 7.30, la pareja del cuarto vecino empezó a discutir; el hombre del cuarto de arriba buscaba un Do en su flauta; la luz de gas perdió un poco de potencia; tres carros de carbón empezaron a descargar... único ruido que pone celoso al fonógrafo; los gatos de las cercas traseras se retiraron lentamente hacia otros vecindarios. Estas señales indicaron a Sara que era hora de leer. Sacó El claustro y el hogar (el libro menos vendido del mes), apoyó los pies en su arcón y empezó a divagar con Gerard.

En eso oyó el timbre de la puerta principal. Atendió la propietaria, pero Sara abandonó a Gerard y a Danys, acorralados en un árbol por un oso, para prestar atención. ¡Oh, por supuesto, ustedes hubieran hecho lo mismo!
Y entonces se oyó una fuerte voz en el vestíbulo de abajo. Sara brincó hacia la puerta, dejando el libro en el suelo y al oso como fácil vencedor del primer encuentro.
Sí, adivinó usted. Apenas había llegado a la escalera cuando apareció su granjero, subiendo los escalones de a tres, y la segó limpiamente, sin dejar nada a los espigadores.

-¿Por qué no me escribiste? ¿Por qué? -gritó Sara.
-Nueva York es una ciudad bastante grande -observó Walter Franklin-. Llegué hace una semana y fui a la dirección que me habías dado. Allí me dijeron que te habías retirado un jueves. Eso me consoló, porque eliminaba la posible mala suerte del viernes. ¡Pero eso no quita que te haya estado buscando desde entonces con la policía y todo!
-¡Yo te escribí! -afirmó Sara, vehemente.
-¡No recibí nada!
-¿Y cómo me encontraste?
El joven granjero esbozó una sonrisa de primavera.
Esta tarde entré a ese restaurante de al lado. Y no me importa decirlo: a esta altura del año me gusta comer un plato de verduras. Estaba buscando algo que me agradara en ese lindo menú, tan bien mecanografiado, pero en cuanto pasé el repollo volteé la silla y llamé al propietario a grito pelado. Él me dio tu dirección.

-Me acuerdo -suspiró Sara, feliz-. Después del repollo había diente de león.
-En cualquier sitio del mundo sería capaz de reconocer esa W mayúscula, elevada sobre la línea, que hace tu máquina de escribir -dijo Franklin.
-Pero si “diente de león” no se escribe con W -exclamó ella, sorprendida.
El joven sacó el menú del bolsillo y señaló un renglón. Sara reconoció entonces la primera tarjeta que había mecanografiado esa tarde. Aún se notaba la mancha irregular, en la esquina superior derecha, dejada por una lágrima caída. Pero sobre la mancha, donde hubiera debido leerse el nombre de la planta de las praderas, el insistente recuerdo de sus capullos dorados había hecho que sus dedos operaran teclas extrañas.
Entre el repollo colorado y los pimientos verdes rellenos figuraba el plato.

O. Henry








O. Henry



O. Henry era el seudónimo del escritor, periodista, farmacéutico y cuentista estadounidense William Sydney Porter (11 de septiembre de 1862 /5 de junio de 1910). Se le considera uno de los maestros del relato breve, su admirable tratamiento de los finales narrativos sorpresivos popularizó en lengua inglesa la expresión “un final a lo O. Henry”
Jorge Luis Borges, que lo admiraba profundamente, escribió sobre él: “Edgar Allan Poe había sostenido que todo cuento debe redactarse en función de su desenlace; O. Henry exageró esta doctrina y llegó así al trick story, al relato en cuya línea final acecha una sorpresa. Tal procedimiento, a la larga, tiene algo de mecánico; O. Henry nos ha dejado, sin embargo, más de una breve y patética obra maestra”.
fuente: ver aquí










sábado, 11 de agosto de 2012

Narciso


Narciso


Si salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en la ondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a su dormitorio. Allí se acomodaban sobre el sofá de felpa raída, hasta su regreso. Eran cuatro, cinco, seis, según los años, según se deshiciera de las crías, pero todos semejantes, grises y rayados y de un negro negrísimo.
Serafín no los dejaba en la salita que completaba, con un baño minúsculo, su exiguo departamento, en aquella vieja casa convertida, tras mil zurcidos y parches, en inquilinato mezquino, por temor de que la gatería trepase a la cómoda encima de la cual el espejo ensanchaba su soberbia.

Aquel heredado espejo constituía el solo lujo del ocupante. Era muy grande, con el marco dorado, enrulado, isabelino. Frente a él, cuando regresaba de la oficina, transcurría la mayor parte del tiempo de Serafín. Se sentaba a cierta distancia de la cómoda y contemplaba largamente, siempre en la misma actitud, la imagen que el marco ilustre le ofrecía: la de un muchacho de expresión misteriosa e innegable hermosura, que desde allí, la mano izquierda abierta como una flor en la solapa, lo miraba a él, fijos los ojos del uno en el otro. Entonces los gatos cruzaban el vano del dormitorio y lo rodeaban en silencio. Sabían que para permanecer en la sala debían hacerse olvidar, que no debían perturbar el examen meditabundo del solitario, y, aterciopelados, fantasmales, se echaban en torno del contemplador.

Las distracciones que antes debiera a la lectura y a la música propuesta por un antiguo fonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente al espejo. Serafín se desquitaba así de las obligaciones tristes que le imponían las circunstancias. Nada, ni el libro más admirable ni la melodía más sutil, podía procurarle la paz, la felicidad que adeudaba a la imagen del espejo. Volvía cansado, desilusionado, herido, a su íntimo refugio, y la pureza de aquel rostro, de aquella mano puesta en la solapa le infundía nueva vitalidad. Pero no aplicaba el vigor que al espejo debía a ningún esfuerzo práctico. Ya casi no limpiaba las habitaciones, y la mugre se atascaba en el piso, en los muebles, en los muros, alrededor de la cama siempre deshecha. Apenas comía. Traía para los gatos, exclusivos partícipes de su clausura, unos trozos de carne cuyos restos contribuían al desorden, y si los vecinos se quejaban del hedor que manaba de su departamento se limitaba a encogerse de hombros, porque Serafín no lo percibía; Serafín no otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo. Éste sí resplandecía, triunfal, en medio de la desolación y la acumulada basura. Brillaba su marco, y la imagen del muchacho hermoso parecía iluminada desde el interior.

Los gatos, entretanto, vagaban como sombras. Una noche, mientras Serafín cumplía su vigilante tarea frente a la quieta figura, uno lanzó un maullido loco y saltó sobre la cómoda. Serafín lo apartó violentamente, y los felinos no reanudaron la tentativa, pero cualquiera que no fuese él, cualquiera que no estuviese ensimismado en la contemplación absorbente, hubiese advertido en la nerviosidad gatuna, en el llamear de sus pupilas, un contenido deseo, que mantenía trémulos, electrizados, a los acompañantes de su abandono.

Serafín se sintió mal, muy mal, una tarde. Cuando regresó del trabajo, renunció por primera vez, desde que allí vivía, al goce secreto que el espejo le acordaba con invariable fidelidad, y se estiró en la cama. No había llevado comida, ni para los gatos ni para él. Con suaves maullidos, desconcertados por la traición a la costumbre, los gatos cercaron su lecho. El hambre los tornó audaces a medida que pasaban las horas, y valiéndose de dientes y uñas, tironearon de la colcha, pero su dueño inmóvil los dejó hacer. Llego así la mañana, avanzó la tarde, sin que variara la posición del yaciente, hasta que el reclamo voraz trastornó a los cautivos. Como si para ello se hubiesen concertado, irrumpieron en la salita, maulando desconsoladamente.

Allá arriba la victoria del espejo desdeñaba la miseria del conjunto. Atraía como una lámpara en la penumbra. Con ágiles brincos, los gatos invadieron la cómoda. Su furia se sumó a la alegría de sentirse libres y se pusieron a arañar el espejo. Entonces la gran imagen del muchacho desconocido que Serafín había encolado encima de la luna -y que podía ser un afiche o la fotografía de un cuadro famoso, o de un muchacho cualquiera, bello, nunca se supo, porque los vecinos que entraron después en la sala sólo vieron unos arrancados papeles- cedió a la ira de las garras, desgajada, lacerada, mutilada, descubriendo, bajo el simulacro de reflejo urdido por Serafín, chispas de cristal.

Luego los gatos volvieron al dormitorio, donde el hombre horrible, el deforme, el Narciso desesperado, conservaba la mano izquierda abierta como una flor sobre la solapa y empezaron a destrozarle la ropa.

Manuel Mujica Láinez
escritor argentino


Escuchar el cuento en mp3 aquí Audio

Marcos Fina abordó desde su espacio de psicoanálisis el problema del sujeto con su imagen. “El sujeto construye la imagen de sí en el espejo que es el lugar del otro, o sea, que se ve en el otro y allí se identifica. El problema del sujeto con su imagen es que se ve donde no está y está donde no se ve”.
Aquí se puede escuchar también en este enlace: Audio




“Narciso”  (Caravaggio) 

 Versión lectora de Narciso (ilustración de Emilia Dziubak) 

                                                            Ilustración de Celia Pike



Ilustración de Katrin Berge