Mostrando entradas con la etiqueta laura erpen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta laura erpen. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de agosto de 2013

Amparo



Dicen que porque soy fotógrafo registro la vida con otros ojos. Puede ser, pero también puede ser a la inversa: tener esa capacidad de asombro ante cada detalle me hizo inclinarme por la tarea que amo hasta el delirio, aunque es pasión que  va en segundo término, porque primero está Amparo, indiscutiblemente.

Comencé con la fotografía como todos, casi jugando. En mi casa no había nadie que anduviera en esos menesteres, y sólo han quedado de mi niñez algunas fotos sacadas por el tío Carlos, el más innovador de todos, el único que tenía una máquina cuadrada, negra, tosca, con la que armaba un ritual:
-… a colocarse en pose, vos más cerca que no te toma la cámara, vos más arriba, agachate que la tapás a fulana, vos…
La familia quedaba retratada en las vacaciones, en blanco y negro, alta resolución. El tío Carlos se llevaba la máquina cuando volvía a Buenos Aires y en ella íbamos encerrados todos los primos, presos, duros, tiesos, hasta que las revelara y las mandara en sobres prolijos y rotulados con la dirección escrita justo en el medio.
Era una fiesta abrirlos y no podíamos con la urgencia que nos hacía saltar como muñecos destartalados.

Papá nos ponía en orden y abría demasiado morosamente ese tesoro, sabedor de que el juego del poder estaba de su parte. Cuando al fin salían las fotos, las mirábamos una a una y recuperábamos un poco de nuestra identidad, porque tío Carlos nos había robado un tiempo precioso que había sido de nosotros y ahora lo retornaba, en pedacitos. El regreso no nos devolvía el ayer y sus gozos, pero al menos, nos quedaba una tajada plantada en grises suaves que año a año se iban perdiendo…

Los primos son, ahora, una mancha apenas borroneada en la superficie. Los he tratado de recuperar en mi escáner, pero se han ido, se han perdido, se han quedado colgados en el pasado, se han congelado en un tiempo extraño en el que todos sonreímos como si estuviésemos vestidos de estatuas tontas.
El aire fresco de nuestras risas no se escucha, no se siente el eco cantarino del agua entonces clara, no se advierten los gritos de la playa en fiesta, no se ven los cuerpos maduros sorbiéndose el sol en las esteras…No se atrapa la vida. El tío Carlos habrá sido innovador, pero jamás fue apasionado.
A esa etapa le habían seguido las fotos de circunstancia en la Casa del Arte, en donde me topé con una sorpresa: quien tomaba las fotos era una mujer. Terminada la ceremonia de la Comunión, duro de paquete, marché a la toma angelical y recatada que era de uso y abuso: el reclinatorio decorado con femenino esmero, la pose neutra para significar que estaba cerca de los ángeles, la Virgen y Dios, el moño blanco impecable enmarcando el largo del brazo y demostrando la pureza, y la voz de la fotógrafa pidiéndome sonrisas, serenidad, con singular modulación, con sugestivo encanto.

De ahí en más, las camaritas que se pudieran, porque plata no había para esas cosas lujosas, y  la decisión final: irme a probar destinos en la Gran Ciudad, siempre pospuestos, por un motivo o por otro. Cursos en Academias, esfuerzo, hambrunas, puestitos sin importancia y el acceso al diario y alcanzar la felicidad, (porque eso era lo que amaba), fueron los siguientes escalones. Pero no era suficiente, yo quería algo más.
Y ese algo más, llegó con Amparo. Los desnudos que le hice también están en blanco y negro, pero viven, viven, viven… Ella persiste en esas fotos, está allí, mostrando sus pechos altaneros, la exacta curva de su cintura, su nuca deliciosa, sus cabellos volando como si fueran garzas, sus manos desleídas sobre los muslos redondos y morenos, sus ojos cerrados como si estuviera adormecida.
Aquella tarde inicial, su voz respondió a mi llamado como si me estuviera esperando. Me dio su teléfono un compañero de tareas, solidario como pocos, sabedor de que ese concurso de desnudos artísticos eran tentador y redituaría sus buenos dividendos.

Zabalía me lo dijo, sin vueltas, al mejor estilo de amigazo: - Esa mina vale oro, viejo… es una estatua griega que camina…llamala, haceme caso, salís primero, papá…
Dudé, soy algo tímido, lo reconozco. Di vueltas y más vueltas y entrando el atardecer, entusiasmado por un crepúsculo brillante y luminoso, me aferré al teléfono y marqué el  número que también marcaría mi destino. Contestó con elegancia, mucha calma y practicidad. Fijamos el lugar de la cita y me sentí poderoso.
Me dijo que era porteña, yo la noté fina y distinguida. Sus palabras medidas y económicas me dieron a entender que posaba para pagarse sus estudios de Literatura, pero que no era su ocupación definitiva, que todo era provisorio y precario. Fue la primera vez que le escuché decir eso. Pronto lo repetiría una y otra vez. Amparo decía con presteza, usando a la manera de leit motiv, comúnmente, dos calificativos: todo era  precario y provisorio.
Parecía tener un sentido de los sucesos muy distinto al mío, que pensaba que todo era para siempre. No se aferraba a las situaciones ni a los sueños, los mutaba de continuo. ¿Podría calificarla de pragmática? Hoy diría que era intuitiva, que tenía un sexto sentido para las cosas, que adivinaba entre líneas… pero ya no tiene caso. ¿A qué divagar? Era así, hasta sensata, diría.
Aún cuando su desempeño como modelo no era el destino que había elegido como definitivo, manejaba muy bien su trabajo y lo hacía con gran destreza. Era un sueño esa mujer y, fotografiarla, suponía íntimo regocijo.
Por lo general, me había dedicado a paisajes, y mi atrevimiento con el desnudo obedecía más a la necesidad de instalarme en el medio y ser reconocido, que a pasión verdadera. Pero lo de Amparo fue demoledor: fotografiarla pasó a ser mi pasión. ¿O mi obsesión?
Cada vez que programábamos una sesión de fotos, yo preparaba el estudio como si se tratara de una misa pagana. Siempre había flores, fuentes que cantaban pequeños suspiros de agua leve, alfombras tibias, cortinas en resguardo y la consiguiente parafernalia técnica que cada vez era más sofisticada, pero inútil, porque a ella casi siempre la tomé con la primera cámara que tuve como propia: era vieja, cuadrada y tosca como la del tío Carlos. Sin embargo, yo amaba sus formas difíciles y el sólo tacto de su superficie áspera prendía la chispa de la pasión y el deseo.

Amparo hacía lo suyo, como si fuera una sacerdotisa. Se quitaba la ropa con giros breves, la dejaba caer exactamente en donde debía, pero con desgano. Se iba descamando de velos y telas para emerger como la Venus de Botticelli naciendo de las aguas, lejana y sin ningún pudor, segura de su encanto. Luego, venía el paso imprescindible y, sin palabras, ejecutaba su propio ritual: me miraba, me encendía, me prendía fuego y luego, con un gesto sutil y como al acaso, iba entrecerrando sus ojos hasta que las pestañas inmensas y tupidas se abrazaban unas con otras y se unían en un cerco de pelo espeso y brillante para negarme sus ojos. Segura de su magia, suspiraba y comenzaba a moverse al compás de una música que sólo oía en su interior.
El silencio más absoluto nos rodeaba, pero nuestros mudos corazones cantaban y sé que era la misma canción.

Parece un absurdo lo que diré aunque ya estoy acostumbrado a mis paradojas : noto que he acariciado la piel de Amparo de todas las formas posibles, pero la más apasionada ha sido aquella en la que estuve lejos, detrás de la cámara, sorbiéndome cada tramo de su intenso cuerpo como si fuera un vino profundo y delicioso.
Razón había tenido Zabalía: saqué el premio y toqué el cielo, las nubes y hasta la barba de Dios, esa que me mostraba la tía cuando era mi catequista.
Cuando lo supo, ni se inmutó, sólo esbozó una seductora sonrisa, cerró los ojos, entrelazó las pestañas y me negó las pupilas. Sentí que jamás podría prescindir de su presencia .No se lo dije, se lo hice entender de otro modo, mucho más directo .Consintió, serena y suave, hasta que el  huracán se desató en el lecho y la barba de Dios tuvo la textura de su pubis de seda.

Entonces, sonaron campanas. Sonaron campanas porque el cuerpo  vibró como si un ruido inmenso entrara en él y lo sacudiera, como si un látigo lo recorriera por entero. Sonaron campanas. Yo sé que eran de fiesta, de redobles de gloria, de alegría, de un tono grandioso. Sonaron campanas. Yo sé que  eran campanas inmensas como catedrales, altas y firmes, sonoras y puras, llenas de la luz que atraviesa los vitrauxs destilando colores y dibujando nubes doradas. Sonaron campanas. Las escuché con unción, en el silencio puro del alma, en el vacío que se hace espera, regocijo, calma y serena magia.
Por un momento, creí que la respiración habría de cesar y que mi corazón estallaría como un inmenso globo rojo reventando en fuego vivo. Por un momento, su piel fue leve, escasa, apenas el envoltorio del cuerpo conmovido, de la boca abierta como una flor sin manchas, pura gracia. Por un momento yo estuve a solas con mis recuerdos, con mis días niños, con mis esperanzas, con mi fe que tintineaba como campanilla. No hubo nadie más que los dos, aunque estuviéramos en medio del mundo y su bullicio.

Amparo no solía usar joyas, parecía no necesitarlas. La mejor de todas era su piel…y alcanzaba. Recuerdo que otra tarde, concluida ya la rutina reiterada, noté que movía su brazo derecho en dirección al hombro izquierdo, levemente, como si una araña imperceptible recorriera la cuesta del brazo en descanso… La mano siguió el trazado con dulce suavidad, y abrió el cuenco en que se había convertido para dejar caer el tesoro en custodia; entonces fue que comenzó a correr por la espalda soberbia y desguarnecida, un hilo de perlas. Levantó en cámara lenta el mentón y su nariz perfecta fue cortando el espacio, lentamente, hacia lo alto. El pelo moreno y largo se deslizó cubriendo con claras brechas de luz  la superficie laxa. En ese momento dejó desmayar las perlas, suavemente…No pude menos que realizar la toma, en medio de una conmoción absoluta. Amparo me tiraba perlas, me retaba a duelo con la emoción, me jugaba joyas para que me atreviera y creara…

La seguí en sus contoneos felinos, la perseguí, giramos en un extraño baile sin música ni coreografía establecida. A veces, al ritmo de un vals lentón, a veces el duelo se acercaba a una tímida balada y quizás, en ciertos momentos, hasta danzamos, intensos, sin rumbo alguno…Las fotos fueron creciendo – (perlas, al fin…) -  y al cabo del proceso, quedó fijada en la placa como si se tratara de una obra renacentista.
Esa toma me sirvió para lograr una resonancia impensada, se hizo famosa y pronto logré el reconocimiento que no había buscado pero que llegaba, ahora, de su mano y gracias a su embrujo.
Yo no hacía otra cosa que apresar lo que ella me entregaba. Éramos dos  en ese juego maravilloso de empatías y transferencias. La magia crecía como un velo envolvente y los dos estábamos presos en sus fauces. Mi destino precario de fotógrafo sin nombre ni brillo había cambiado  y mis desvelos habían partido, junto con las dudas y los fracasos. Estaba en otro espacio al que no se me habría ocurrido asomarme jamás.

Poco a poco, bajo su mano graciosa y prolija, el nuevo departamento que nos cobijó fue adquiriendo un curioso aspecto. Ella no gastaba demasiado en adornos, prefería el detalle creativo, el reciclado elegante antes que el señorío impersonal, al que solía calificar de presuntuoso y tilingo. Tenía un exquisito gusto y podría decir que nuestra casa tenía carácter, que era acogedora y extraña, con algo de misterio y mucho de encanto. Le gustaba jugar con la luz y sabía aprovechar los soplos que la claridad le ofrecía.

Convinimos en que cada uno de nosotros tendría su propio escritorio y hubo un acuerdo tácito en respetar la privacidad necesaria para desarrollar nuestras tareas sin interferencias. Eligió para sí el cuarto más pequeño y me cedió el de mayor amplitud. Levanté mi antiguo taller y me trasladé con mis bártulos a este nuevo sitio.
Amparo adosó estantería a las paredes y un buen día, comenzó a llenarlas con sus libros, innumerables  y variados. Allí instaló su computadora y un aparato musical viejo que me comentó que era único en su género y había sido armado por un tío. Siempre hay un tío, pensé, qué casualidad…
Yo aproveché el bañito del fondo para la sala de revelado y mis escenarios para las tomas fueron a dar a una pieza llena de luces, cosa que agradecí infinitamente, porque es vital para mí.
En ese mundo estructurado con consenso y en paz, comenzamos a vivir un clima de creaciones. La casa pronto se llenó de buenos rumores. Nos sentimos cómodos y felices.

A veces, nos reuníamos en el living, y  me mostraba algunas de sus obras, en tanto yo le acercaba mis últimas fotos y compartíamos comentarios que siempre resultaban interesantes, calmos y enriquecedores. Pasábamos momentos deliciosos, nos complementábamos y nos divertíamos con sus salidas. Tenía muy buen humor, hacía señalamientos agudos, festejaba cada hallazgo en las fotos, subrayaba los logros de sus poemas, pedía mi aprobación o mi crítica.
Así era todo con Amparo: una fiesta que ella se esmeraba en ejecutar con modos suaves y ritmo febril, porque era verdaderamente pura energía.


Tiempo más tarde comenzarían los inconvenientes. La vida hubiera seguido en ese ritmo tierno y atrapante, si no hubiera descubierto ciertas molestias para su salud. No mostró alarma, buscó información y especialistas y al cabo, todo pareció haber sido un mal sueño. Al menos, así me lo comunicó.
Me pidió que la dejara sola en esa empresa. Privilegié su intimidad y su pudor y la respeté. Confiaba en ella, pero sentí el avispón del peligro vagando con ecos mudos por nuestros días encantadores.

Todo sucedió muy rápido, demasiado, quizás tanto que no me dio tiempo a pensar, siquiera. No se había zanjado el problema y Amparo decayó, lentamente… Inútiles fueron los intentos del médico. Había negado tanto el cuadro que el descubrimiento se produjo pocos meses antes de su partida. No hubo alternativa posible, sólo el discreto calmar de dolores con remedios, y la tranquilidad.
Me pidió que no le hiciera más tomas. Acepté sin objeciones y me dediqué a fotografiar paisajes. El regreso a la naturaleza  no calmó mi angustia, sin embargo. El tiempo era duro y la casa estaba vestida de tristeza. La música parecía la mejor compañía. Largas tardes con serenas baladas como cortina, adelantando el final inevitable, nos vieron a cada uno en lo suyo. Amparo miraba el horizonte desde su cama, en los momentos en que las crisis lo permitían. Yo recorría la ribera del Paraná  buscando en dónde recalar la inmensa pena.

Una turbia noche de junio, fría e inclemente, nos dejó, me dejó… Su recuerdo quedó ondeando en la pieza en donde la vimos partir. Yo mismo la vestí para su gala final. Con ternura intensa enhebré el último de los rituales que celebraríamos juntos y le puse su mejor ropaje: su piel. Así se fue, arropada en su propia seda. El tiempo haría el resto. El tiempo… ¿El tiempo?
No hay otra cosa más dura y triste que las partidas sin retorno… Ese saber que nunca más es desolador. Uno piensa, se resiste a resignarse, aventura todavías, algún día, quién sabe… pero no hay regreso.
El abandono debe de ser una de las peores cosas que le toca sobrellevar al ser humano. Es la devastación. Uno se arma su vida, se teje costumbres, rituales, pequeños gestos que lo obligan a abrir los ojos al día con esperanzas, se anuda ínfimas alegrías en el alma, la entona con canciones, recuerdos, la acaricia pensando en la próxima vez y de pronto, todo se derrumba como si fuera la arena de las dunas llevadas por el viento.

El territorio del abandono es lacio, seco, hostil, quita energías, subsume fuerzas, da lo mismo todo: hacer o dejarse estar. Lentamente nos va ganando una molicie no querida pero que nos enchaleca con su fuerza extraña y no deseada. No podemos escapar, no hay por dónde escapar…Todo nos vuelve a retrotraer a aquellas jornadas gloriosas en que la comunión era el condimento de la vida.
El mundo continuaba, sin embargo, y yo en él, y Amparo y su ausencia, a mi lado…
Hacia el fin del invierno, los lapachos estallan en lilas y la Alameda es un gozo sin par. Ese invierno no fue distinto.
Un día, justo un día, me parecieron más brillantes que nunca. Tomé mi vieja cámara y salí camino a San Miguel.
Tratando de esquivar las florcitas que alfombraban veredas, recordé las perlas que Amparo dejaba caer sobre su espalda. Sentí la imperiosa necesidad de tomar otra foto que la recordara. Fue como un rayo que me alumbró y me sacó de quicio.

La placita explotaba en primaveras. Extrañé más que nunca.Tanto extrañé que caminé, caminé, caminé y seguí de largo, sin tomar precauciones. Cuando el auto me levantó en vilo alcancé a apretar el gatillo de luces y disparé, disparé, disparé, sin importarme las vueltas que iba dando por el aire.
En ese justo momento, el cielo se abrió y sé que la mano de Amparo me apretó fuerte, fuerte, al fin, después de tanta ausencia. En ese momento, lo supe, lo escuché, tañeron las campanas de San Miguel. Ah, nuevamente, y como antes, ¡sonaron campanas!
No recuerdo lo que pasó después. Sé que alguien me recogió y que muchos me llevaron hacia la vida. La recuperación fue lenta y penosa. No tenía ganas de regresar. Pudo más el esfuerzo de los especialistas, que mi instinto de sobrevivencia. Muy a mi pesar, y poco a poco, volví a mis tareas.

Una mañana entré a mi taller y vi la máquina oscura y áspera. Parecía un milagro que hubiera podido recuperarla. Me dijeron que apareció sobre la vereda, intacta, junto a mi cuerpo.
Algo extraño se desprendía de su costra negra, como invitándome a abrir su corazón. Tomé el rollo, con singular unción, como si fuera parte de un antiguo ritual.
El proceso de revelado me impidió respirar, por un momento, y luego apareció lo impensado: en una de las fotos, una superficie tersa, igual de tersa que la espalda de Amparo, sostenía pequeñas florcitas lilas que lucían como perlas. El paisaje se había convertido, él mismo, en su cuerpo torneado y dúctil y las pequeñas flores, en las joyas con las que jugara alguna tarde.
No precisó ningún retoque. Con esa toma, qué curioso, logré mis sueños: la consagración y  finalmente, la Gran Ciudad a mis pies.
Ya no veo los lapachos de la Alameda cuando inicio mis mañanas, ni el río bravo y arisco, ni las pronunciadas barrancas, ni siento el calor de la provincia.
El día en que me fui para no regresar nunca más, supe que el hueco del silencio también tiene sus claroscuros y me rendí ante la pena. Entendí, al fin, cuánto de precaria tiene la felicidad, como solía decirme Amparo. Pero también supe que el amor no es provisorio, al menos para mí, que vivo con su ausencia como la única foto en blanco y negro, alta resolución, que rescato de mi pasado, totalmente en sepia.

Laura Erpen
"Es un cuento paranasero ... 
Justo en estos tiempos , cuando empiezan a florecer los lapachos de la Alameda ...
Paraná , con su encanto , quedó para siempre en mi corazón ."
Fuente de texto y foto
Laura Erpen en facebook :Laura Erpen

lunes, 4 de febrero de 2013

Oda al Balneario Itapé de la niñez…


Desde Navidad que no entraba al blog...las fiestas las vacaciones, otros proyectos ocupaban mi tiempo y demoraban mis ganas de volver.

Pero hoy temprano,un desayuno de mate amargo con hierbas y la lectura de estos versos me estimularon a reingresar con una nueva publicación.

Al leer esta Oda al balneario Itapé de la niñez de Laura Erpen ,me plasmó de emoción; una evocación de esos lugares que supieron  al decir poético de Laura ,llenarnos la infancia y la juventud de naturaleza no contaminada ,de placeres entre amigos entre mates, pesca o sencillamente sentarse a disfrutar de la paz , del verde , el azul y sentir que el río era nuestro...no para los de afuera , bellísimo, gracias por este remanso mañanero.




Oda al Balneario Itapé de la niñez…
( A Emilio González , que fue parte de ese escenario)

Era parte del pueblo de la infancia,
de las lentas jornadas del verano.
Nadie hablaba de industrias ni
turismo.Era el encuentro de la gente
que acudía para gozar del agua,
del río cristalino y de la sombra. Las familias
llegaban con sus bolsas , sillones,
sus lonas desteñidas por los años,
protegiendo a las mallas.
Los árboles nos daban su cobijo,
pero el sol aún no ardía tanto
y se jugaba en la orilla con castillos
y palitas y envases. Algún afortunado,
blandía las gomas ya en desuso de los autos
y uno miraba el chiche y lamentaba
no tener esa barcaza negra y atrevida
para surcar el agua. Ah: ¿Ud pregunta por el agua?
Era clarita, transparente. ¡Cuidado con las boyas,
no te pases!¡Y hasta había mojarras!
¡Qué fiesta de pancitos navegando
y de bocas prendidas en plateados rosarios !
Había mojarreros, cañas, nervios,
mediomundos, Y si no había nada… ¡hasta la toalla!
Después vendrían rezongos: -¡Acá no
me hagan fritangas!- , rugían algunas madres.
Con un Prymus, en el patio, y al rescoldo,
se cocían los trofeos de la tarde. Crujientes,
olorosas , las comíamos, porque eran
nuestro lauro. ( ¿Recuerdan las mojarras?)
No lejos de la playa, cambiadores.
de madera y de chapa , muy precarios.
(Algunos, sólo algunos, los usaban.)
Tardes dulces, alegres, tan amables.
El Itapé cada verano nos sabía
a Paraíso , a Edén , un poco a magia.
Después, llegaron el progreso, las inmensas
crecientes, las defensas y ahora un puente
tan ajeno que no atrae. El tiempo se llevó
nuestro Balneario, aquél, el de la infancia,
el de la dicha, el de la tarde tranquilona,
el que se aloja en la ternura, en el recuerdo,
el que aparece cuando entramos a este nuevo,
que no tiene el sabor de aquel que fuera,
nuestro Itapé sereno , incomparable.

Laura Erpen
Y en el verano de 2013

Imagen tomada del video que acompañó la publicación de la Oda al Balneario Itapé de la niñez , en el sitio de facebook de la escritora.

lunes, 8 de octubre de 2012

Carrieguito


"Carrieguito" es el  libro  de la escritora Laura Erpen de Concepción del Uruguay ,Entre Ríos que obtuvo en 2010 el Premio Fray Mocho en el género Ensayo, galardón que otorga el Ministerio de Cultura de  la provincia de Entre Ríos-La obra es una investigación sobre el poeta argentino Evaristo Carriego nacido en Entre Ríos.

En el blog hay una página dedicada a la escritora con esta información y más material pero a propósito de llevarse a cabo en varias localidades de la provincia la presentación del libro se publica esta entrada.

                                                                                         
     
Portada del libro 
  Cliquear sobre la imagen para ampliar

Contratapa
Cliquear sobre la imagen para ampliar


                                                    Cliquear sobre la imagen para ampliar




Un fragmento del ensayo en cual la escritora se refiere a la figura de quien fuera presidente de nuestro país en época de la Confederación.Domingo Faustino Sarmiento;una semblanza del considerado el primer maestro argentino,su preocupación por instalar una propuesta pedagógica basada en el modelo norteamericano, detalles de sus relaciones,sus contactos, sus viajes ,sus gestiones y un especial hincapie en la llegada de las primeras maestras contratadas por Sarmiento a la ciudad de Paraná..Laura va intercalando en la prosa de rigor ensayístico su estilo coloquial otorgándole a la lectura un ameno interés con breves comentarios que le imprimen ese sello personal de la autora.Logra así contarnos datos históricos de la política, la sociedad, la economía y la cultura de aquella época.Pinceladas históricas, anecdóticas, y, a su vez la opinión también se hace presente.

De cuando Paraná tuvo una primavera bostoniana…                                
 (Fragmento de Carrieguito de Laura Erpen)


El Cuyano exaltado[1] andaba por el mundo en busca de concretar sus sueños. La educación lo desvelaba y precisaba un modelo que le permitiera encarrilar sus utopías.
Lo halló en su admirado país del norte, en Horace Mann y en un folleto que refería sus testimonios sobre una experiencia desarrollada en Alemania, Francia, Holanda y Gran Bretaña.
Verlo y descubrir que ésa era la cuestión, fue todo. Precisaba encontrar algo que le sirviera para soñar más y mejor.  La vieja Europa lo había decepcionado, una nueva luz se abría ante sus ojos sedientos.

Sarmiento siempre se las arregló para viajar con poca plata por mucho mundo, ya lo sabemos, pero además, un amigo chileno lo ayudó y a buscar su destino se fue.
El encuentro con Santiago Arcos[2] en Liverpool lo sacó del apuro y a visitar el laboratorio cultural de Boston marchó.
Allí lo deslumbró el ambiente en el que reinaban ideas innovadoras como el antiesclavismo, el sufragismo, y los inicios del feminismo.
La relación con Mann y su esposa comenzó hacia 1845. Mann no hablaba español y Sarmiento desconocía el inglés, pero Mary Ann Peabody, la esposa, había vivido en Cuba- (en donde trabajó como institutriz y aprendió el idioma) -  y ofició como mediadora en las conversaciones de los hombres. Y el milagro se produjo.


No nos parecería extraño que don Domingo hubiera sido presa de sus encantos, - (sabedores de sus mentados juegos galantes…)- , lo cierto es que la comunicación creció, fluida y cordial, y de ahí en más, entrelazaron planes en cartas jugosas.
         
Mary Peabody era una muchacha especial, al igual que sus dos hermanas. La madre no las había criado con destino casadero, ya que una y otra vez hacía dolorosa mención de su renuncio a la literatura  por problemas económicos y por la necesidad de atender el sustento familiar. Que sus hijas no pasaran por esa escuela del fracaso, por favor.
No lo hicieron. Una de ellas se casó con un poeta que alcanzó la notoriedad, Mary con Mann y la otra fue educadora vanguardista y fundó el primer jardín de infantes en su país, siguiendo las teorías froebelianas.
         
“Gracias a Mary Peabody y a sus vinculaciones, Sarmiento trató a distintas personalidades del ambiente cultural norteamericano. Su hermana menor, Sophia, estaba casada con el gran novelista Nathaniel Hawthorne (1804-1864), autor de renombradas novelas, entre ellas, The scarlet letter y The house of the seven gables. La otra hermana mayor, Elizabeth, era una afanosa educadora y de reconocida partícipación en el unitarismo de los Estados Unidos.”[3]

La amistad se mantuvo durante años, aún después de la muerte de Mann. Las continuas cartas permitieron el intercambio.
Mary tradujo el Facundo al inglés y Sarmiento contrató a las maestras. Corría el 1868 cuando el proyecto comenzó a hacerse realidad. Ya era Presidente.
Se planeó el envío de muchas - (quizás demasiadas…) –, que al fin y al cabo, resultaron ser 61 o 65, que los datos oscilan entre las cifras. Al menos, se sabe que llegaron 61 damas y cuatro hombres.
La intención es que fueran a San Juan, pero Juana Manso[4] – (precursora del feminismo en Argentina y activa educadora, no siempre bien vista por sus ideas…) – contuvo  y escuchó fraternamente a algunas de las muchachas que se asustaron frente a la situación del país y esto retrasó en parte los planes y trajo algunas confusiones.
Los consejos de la comunidad norteamericana, aportaron lo suyo y San Juan debió esperar, aunque Sarmiento estaba perdiendo la paciencia.
Tiempo después, el problema se corregiría con fortuna para las partes.

Hacia Paraná fueron muchas de ellas, a aprender el idioma.
A eso se dedicaban por espacio de cuatro meses. Algunas, siguieron camino hacia San Juan y Catamarca. Otras, hacia Santa Fe. Hubo quienes se instalaron en Rosario y quienes enfilaron hacia La Plata. Y quienes se volvieron, también.
Sarmiento había puesto condiciones, las chicas debían responder a un patrón bien pensado en sus noches de desvelo:
         

 “Mary Mann y Kate Dogget, una activista en pro del sufragio femenino en Chicago, seleccionaron a las maestras que venían a la Argentina. Según lo exigía Sarmiento, en lo posible debían ser jóvenes con experiencia, de buena familia, excelentes modales y aspecto agradable. Debían tener muy buen estado físico "para dar ejemplo a nuestras criollas, tan acostumbradas a estar inmóviles, asistidas por sus servidumbres".[5]
         
Aporta más luz  sobre el caso, decir que Kate Dogget fue la primera mujer miembro de la Academia de Ciencia en 1869, y que en ese mismo año asistió como delegada a la Conferencia de Mujeres en Berlín.

Kate Newell Doggett
Por si fuera poco todo lo que veía y paladeaba, las conexiones de Mary Mann lo llevaron al sanjuanino a obtener un titulo de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Michigan.

Encandilado y pasional, a partir de allí planificó la estrategia nutrida por ese mundo que lo subyugó.

Mary Mann


Digamos que las niñas que llegaron, pues, tenían lo suyo. No venían de lugares calmos, sino de escenarios bravíos: guerra de secesión, luchas feministas, territorios díscolos, huellas de desocupación, y traían mucho, pero mucho sabor de aventuras.
         
También les interesaba el sueldo propuesto, por qué no. Aún cuando fuera menor al que se les abonaría a los varones, tentaba.” Los salarios –que en un principio eran altos-, la falta de trabajo en algunos estados norteamericanos, la expectativa de encontrar marido o el afán de aventura se combinaron con la verdadera vocación que estas maestras y maestros tenían por la educación popular.”[6]

Dicen quienes saben que el viaje duró dos meses y que hicieron escala en Londres y después arribaron a Buenos Aires.
Venían de Missouri, Minnesotta, Indiana, Nueva York, Pennsylvania, Maryland, Virginia, Ohio, Nueva Inglaterra.

“El gobierno argentino les ofrecía un contrato por tres años, que comenzaba a  correr en el momento en que se embarcaban hacia este país. Una vez aquí tenían cuatro meses para aprender el idioma y ambientarse, lo cual se hacía en Paraná, lugar donde se había creado la primera Escuela Normal argentina. Después de esa preparación, eran destinadas a distintos puntos del país donde se estaban creando estas escuelas. Así fue como llegaron maestros norteamericanos a San Juan.”[7]


Trajeron consigo su lengua, su religión, sus saberes, sus costumbres deportivas, su amor por el estudio al aire libre, su afán por la experimentación, su capacidad, su interés y hasta sus instrumentos musicales.
Vaya a saberse qué rumbos tomó el banjo de Jennie Howard[8] después de su muerte, por ejemplo.
Sufrieron incomprensión e intolerancia de todo tipo: de sus colegas argentinos – (que no toleraban la diferencia de sueldos, entre otros detalles…) - ,  de los fervientes católicos y de las autoridades eclesiales mismas.
Del total, sólo cinco eran católicas, el resto profesaba religión protestante.
La crítica se desató, como látigo, feroz,  y el adjetivo “herejes” se impuso como barrera para muchos padres que se negaban a que sus hijos fueran educados por semejantes personajes.

En Catamarca, un sucedido da para entender el caso:
“El Obispo Fray Mamerto Esquiú debió interceder y convenció a estas
damas que si bien la directora pertenecía a una "rama disidente" de cristianos, eso "era menos malo que si fuera atea..."[9]

Otros datos afirman las diferencias en lo religioso y las penurias o dificultades nacidas de esto:

“La señorita Howard fue destinada a Córdoba y relata este episodio: en la puerta de la iglesia de los jesuitas se leía la frase "Esta es casa de Dios y puerta del Cielo”.

Pues bien, una mañana apareció pintada en la entrada de su escuela: "Esta es casa del diablo y puerta del infierno". [10]

 Jennie Howard, la única de las maestras que dejo un libro contando la experiencia
In distant climes and other years.

Pero aún así discriminadas, sospechosas por su condición de extranjeras y protestantes, las maestras norteamericanas daban muestra de su espíritu tolerante, entrando a rezar en el templo católico, a falta de uno de su propia confesión religiosa.
Allí le pedían a Dios ayuda y valor para realizar su tarea educativa, tan obstaculizada por los prejuicios que llegaron, en alguna ocasión, a materializarse en piedras arrojadas durante un acto de graduación.”[11]

Pensamos que las dificultades en el lenguaje, deben de haber sido de menor importancia. En principio, porque ellas tenían intención de aprender el español ya que lo necesitaban. Y por otra parte, por estos lados y justo en el territorio de la entrerrianía, había muchos ingleses. Muchos más de lo que uno supone, antes de ponerse a averiguar, como se debe hacer.

Habían llegado en bandadas con motivo de la instalación de los ferrocarriles y se habían diseminado por toda la provincia, dejando estampado su sello en la construcción, en el tendido de las vías y en los frigoríficos que instalaron.
La Inglaterra victoriana ansiaba productos para sus usinas de la revolución industrial y los barcos iban y venían, acarreando carnes y productos de la tierra que debían circular hasta los puertos para ser trasbordados.
Los ferrocarriles acortaban las distancias y también mostraban – (como lo indicó y denunció Scalabrini Ortiz, no siempre bien interpretado…) – los intentos imperiales concretados en el asedio y hasta en el aprovechamiento sin límites de la producción local.

Desde que en 1824 se reconociera la Independencia nacional, los ingleses habían sentado sus reales por estas tierras.
En mucho los favoreció Rivadavia, que les abrió las puertas. Entre 1854 y 1880, numerosos profesionales, empresarios, comerciantes, se habían arrimado a los territorios rebeldes que los expulsaron en las invasiones intempestivas, a todo pulmón.
Hasta tenían sus propios cementerios, denominados “de los disidentes”. Uno de ellos, en pleno barrio del Retiro, vecino de la Parroquia del Socorro. Hacia 1833, su capacidad fue colmada, por lo que se creó otro en el llamado Hueco de los olivos, actual plaza 1º de Mayo[12], que recibió el nombre de Cementerio de la Victoria. Finalmente, se construyó el denominado Cementerio Británico de la Chacarita.[13]
Estos cementerios eran administrados por ingleses, alemanes y estadounidenses y admitían a miembros no confesionales, incluidos los de la comunidad judía.

Capilla del cementerio de La Victoria 

Pero, además, hay otros costados que nos interesan.
En 1825 se constituyó la Asociación Agrícola del Río de la Plata y más de doscientos colones de Liverpool y de Manchester se aquerenciaron, más por intereses que por devoción, pensamos.
Es que las vaquitas todavía eran ajenas, así que comenzaron en Cañuelas a cruzar ejemplares con los suyos, de pedigree, claro está.
En 1836 se importó el primer toro de raza Shorthorn. De ahí en más, los vacunos tendrían mejor estampa y más rédito.
Para poner orden, se fundó la Sociedad Rural. ¿Quién fue su primer presidente? Por supuesto, un inglés. Se llamaba Richard Newton.
Todavía falta tiempo para que Julio Argentino firme pactos, Lisandro ponga el grito en el cielo y a su compañero Bordabehere le pongan bala en el pecho…
Todavía falta…

Los frigoríficos actualmente abandonados son huellas de un pasado que nunca volverá, pero que marcan fuerte presencia británica en la provincia y en el país, por supuesto.
El desmantelamiento de los ferrocarriles en el período del neoliberalismo ha hecho lo suyo, y ahí quedaron las ruinas, algunas de ellas recicladas y otras en penoso estado.
Los nombres Liebigs, Armour, Swift y hasta la misma calle Nueva York de Berisso, son huellas o quizás fantasmas de un tiempo que ya no volverá.



Sigamos adelante con lo nuestro.
Las iglesias protestantes habían arribado con sus ministros y hasta en la misma Alameda de la Federación se alojaban ingleses, de manera que con quién hablar en lengua materna, había.

El Cuyano había hablado de formar familias y establecerse. Hubo quienes lo hicieron, pero ninguna de las niñas se casó con un criollo.
Algunas regresaron, otras se quedaron para siempre. Cinco de ellas murieron durante el episodio de la fiebre amarilla[14]. Veinte de ellas formaron su hogar y murieron aquí.
Algunas descansan en paz en el Cementerio británico. Alguien, como la esposa del primer director de la Escuela Normal de Paraná, ni siquiera en el cementerio, sólo en la vereda.
         
El 13 de junio de 1870, por un decreto que firma el Presidente Sarmiento y refrenda su Ministro de Educación Nicolás Avellaneda, se crea la Escuela Normal de Paraná.

¿Había razones para que Sarmiento prefiriera la provincia de Entre Ríos como centro de experimentación?

Probablemente las vanguardistas acciones de Hernandarias en su época, las posteriores de jesuitas, dominicos y franciscanos, las de Francisco Ramírez y por sobre todo el sedimento que dejó la política de Urquiza, unido a la seguridad que reinaba en la provincia – (fragilidades aparte…) - y a su cercanía con Buenos Aires, lo convencieran.
Paraná era una ciudad de probados méritos, Sarmiento siempre le había tenido “ganas”, había desaparecido el temido Caudillo que lo recibió a lo grande – (dicen que hasta con pétalos de rosas…) - en su Palacio, había sido Capital de la Confederación, crecía en prosperidad, el edificio de la otrora Confederación estaba allí, a la mano y ofrecía comodidades…en fin… ¿por qué no?
Lo cierto es que, con el basamento de aquellos caudillos que él mismo había categorizado de bárbaros, el Cuyano paradojal construía el escenario en donde se instalaría todo un laboratorio educacional que luego la ley de 1884 tomaría como ejemplo.

A Paraná llegaron pues, el profesor Stearns y su esposa, juntamente con el señor Jorge Roberts y su esposa, y la señorita E. Wade.
Curiosamente, quien fuera designado primer director de la Escuela Normal de Paraná fue uno de los pocos varones que llegaron con el contingente normalista.
Mary Mann se lo recomendó a Sarmiento, sugiriéndole, además,  que su esposa, Julia Hopes, podría ejercer, a su vez, como maestra en la misma escuela.
Así sucedió, pero a los dos años de la llegada, la señora falleció, víctima de fiebre tifoidea. Fue en 1872.
 La señora Stearns profesaba la fe evangélica. En ocasión de preparar el entierro, su esposo constató que no podría ser alojada en el cementerio por esa razón.
Durante tres días hizo gestiones, ayudado por bienintencionados vecinos, pero el permiso no llegó nunca.
A la congoja por la muerte, unamos su destino de viudo con un niño pequeño y con otro niño con dificultades y esta negativa extraña, al menos, y comprenderemos la desesperación del profesor.
El pasado año, el actual intendente de Paraná[15], realizó un homenaje – (tardío, pero reivindicatorio, al menos…) – a la señora, descubriendo una placa en la pared exterior del cementerio, frente al lugar en que el marido indicara el lugar de la tumba, en un dibujo precario pero ilustrativo de lo sucedido.
Tratativas, desmentidas, dimes y diretes, idas y venidas, pueden leerse en un interesante artículo del periodista Jorge Riani[16] en el que nos hemos basado para sintetizar someramente el hecho.
         
Más allá de las jurisdicciones eclesiales o de las burocracias administrativas, o de las injusticias, o de las incomprensiones, lo que queremos puntualizar es que las muchachas de Sarmiento… no se la llevaron de arriba.
 Pero no nos alejemos demasiado de nuestro proyecto. Si bien el tema es tentador y genera debate entre los revisionistas que consideran un sarmientino exceso extranjerizante esta empresa, - (debate que nos debemos pero que aquí no atenderemos...) - a lo que vamos es a seguir las andanzas de de los Carriego por la Escuela Normal y por ese microcosmos bostoniano en que se convirtió la capital de la provincia.

En esa Paraná en creciente, desarrollada y potente, dejemos a las muchachas extranjeras y vayamos al encuentro de la familia que según Borges, “se vendrá abajo”…
Ya volveremos a ellas…Quizás anden conversando animadamente en la Alameda de la Federación con Fanny Haslam… ¿Con quién? Se verá, se verá.

Mientras tanto, señalemos que en 1884 comenzó a funcionar el Kindergarden de la Escuela Normal de Paraná.
A cargo estaba Sara Chamberlain[17], distinguida docente que provenía de Filadelfia.
Sara había nacido en 1840 en Lewisburg y estudió en el Instituto de Mujeres de Bucknell, en donde se graduó en 1858.
Durante la Guerra Civil, se desempeñó como enfermera. Fue entonces cuando conoció al capitán Eccleston, con quien se casó y tuvo dos hijos.

La  temprana viudez la puso ante la opción: o aceptar  la ayuda de sus padres y retroceder en la construcción de su autonomía o elegir un destino que le permitiera liberarse, a pesar de la pena.
En 1875, pues, comenzó a prepararse para lo que sería su gran pasión: el kindergarden.
Estudió para ello en la Escuela Normal de Ruth Burritts y conoció a las hermanas Peabody. Esto fue el paso fundamental para que su destino se encontrara con los sueños de Sarmiento.

Pero hay un paso más antes de que llegue a Argentina: en 1880 se radica en Winona, en donde instala un kindergarten, y allí es donde recibe la propuesta de emigrar a un país lejano con una bella perspectiva.
Llega en agosto de 1883, acompañada de su hija Emily.
Sara se sintió asediada por las dificultades en el idioma, la adaptación de su hija al nuevo medio y, por supuesto, por la no aceptación de su religión protestante.

Pero sus preocupaciones ceden hacia 1884, momento en que se inicia la tarea educativa que la apasiona.
Desarrolla su tarea con eficacia y recibe el reconocimiento del director José María Torres.
Muchos niños pasan por las aulas de la Normal. Si bien el interés sarmientino era el de homogeneizar franjas sociales, los comentarios hablan de que concurren los hijos de muchas familias acomodadas.
A pesar de las ideas de Fröebel, la realidad en Paraná era otra. Froebel había creado sus jardines para niños en situación de pobreza. Aquí respondieron las familias tradicionales en mayor proporción. Suele suceder, claro que sí.

Dice Dora Barrancos:

“Bueno, al kindergarten de Fröebel no iban centralmente los niños de la clase obrera, según relata Ann Taylor Allen… aunque en la actualidad el jardín de infantes sea visto como una solución para las madres trabajadoras de todo tipo.”[18]

Parece algo arriesgado, por aquellos tiempos, pensar en un jardín en donde los niños se vincularan con otros, jugaran seriamente, construyeran el sedimento imprescindible para la primaria, adquirieran hábitos, en donde la familia tuviera su lugar de cobijo y amparo y en donde lo privado se articulara con lo público, pero lo hicieron.
Antecedentes en Buenos Aires se habían registrado, porque Juana Manso había fundado el suyo. Era hora de que el interior los tuviera, y sobre todo una provincia que había hecho sobrados méritos para merecerlo, una provincia adelantada desde los intentos de Hernandarias, pionero en esto de la educación.
Y Paraná fue un amoroso jardín:

            “… tengo la sensación de que el ambiente que crea el jardín de infantes se caracteriza por un derrame de afectividad que está omnipresente en los objetos, en los dispositivos de administración, lo que sería una expresión del carácter emotivo de los vínculos. Y ese carácter convive con lo propiamente escolar. Hay “ciencia” y también hay “amor”…”[19]

Los niños del kindergarten de Paraná habían encontrado en la Normal, su lugar y con ciertas formas, que son, en esencia, las que señala la especialista:

Las formas de trato son las de una enorme sobreafectividad. La formación de valores morales, que es una petición de principios desde el nacimiento en los sectores medios, está presente en el jardín de infantes, pero el inculcamiento es menos rígida en esas edades.
Casi se diría que hay una idea de un hogar sobrerrepresentado, una especie de “sobrehogar”, una escena familiar “mejorada”.[20]

La figura de Sara Eccleston y su tarea, parecen encajar en ese modelo.
En 1886, Sara retorna a EEUU porque lo requiere la salud de su hijo. Ese mismo año regresa a Argentina y lo trae consigo.
Funda y dirige el kindergarten de la Escuela Normal de Concepción del Uruguay y en 1888 se instala nuevamente en Paraná.

Sarah Chamberlain Eccleston
Su figura cobra el prestigio necesario para que en 1893 represente al gobierno argentino en la conferencia mundial sobre kindergarten realizada en Chicago.

En 1897 crea el Profesorado de Maestras Jardineras en Buenos Aires y en él se destaca su pasión, y su influencia  sobre las jardineras crece.
Muere en esa ciudad en 1916, después de una tarea incesante referida a la divulgación de la importancia y valores de la educación inicial en la Argentina.
 Sus alumnas sintetizan su valor en el epitafio que corona su tumba en el cementerio británico:

         “Como la hiedra adherida al muro, o como la llama sagrada de las antiguas vestales, que no se apagará jamás, así cumpliste tu misión, maestra nuestra y así nos legaste el fervor de tu alma...”

Sara trabajó en dos frentes: con los niños en el Jardín y formando docentes para el Kindergarden.
Pero para lo que nos interesa, viene bien preguntarnos: ¿cómo, de qué manera, se trabajaba en el Jardín de la Normal?
         
Lo primero de todo: el juego. El juego como actividad en donde el niño conquista la autonomía, el juego creador que le permite actuar y producir , el que también debe jugar el maestro, porque de esta manera participa de su mundo y puede intervenir en el proceso educativo. El juego que le permite hacer y entender las cosas. El juego que unifica la educación y la vida.

El juego con materiales, a los que llama Fröebel dones o regalos, pensados en serie, graduados, que permitirán al niño reconocer, identificar, manipular, formas y líneas, funciones, posibilidades, sentidos, interactuar.
El juego con el otro, la relación, la cooperación social, incluida la educadora, con la que entrama una relación afectiva. El juego que le permite responder a los estímulos con su curiosidad, sus intuiciones, su sentido de la observación, sus sentimientos morales y religiosos.
El juego para admirar y descubrir las bellezas de la naturaleza, para despertar su poderosa capacidad de análisis y de reflexión y para promover una vida bella, austera, centrada en el respeto por todos lo seres.

La curiosidad de los niños, por sobre todo. Y la organización diaria del tiempo, y la planificación del trabajo diario, principios indiscutidos de Froebel inspiraron a Sara.
A jugar con los dones, elementos complementarios y de desarrollo que sirven para la observación de la vida, de sus partes y de los fenómenos y de la naturaleza sensible. También los cantos alusivos, creados en relación con los dones. Pero después, al jardín, al espacio libre .Ya no bastan las salas, hay que salir a las zonas externas a observar las maravillas que ofrece la naturaleza.
El  niño es el eje de todo el proceso y que hay que adaptarse a su desarrollo natural para que la  tarea sea fructífera.
         
Según opiniones que hemos revisado, el jardín creado en 1884 pasó un tanto desapercibido en este primer año, debido a la estrechez del espacio acordado
Pero con el tiempo, y gracias a la calidad del trabajo de Eccleston, se popularizó:

“fue frecuentado por los niños de las mas distinguidas familias y las exposiciones de fin de año, las fiestas, con los juegos y clases públicas fueron éxitos brillantes que contribuyeron a afianzar la obra educadora.”[21

Los dones generaron la conexión entre las dos fases de la acción de Eccleston:

 “Las direcciones para el uso del material didáctico, que consistía en los dones, perforado, doblado, cartonado, trabajo en arcilla, canciones y juegos estaban en lengua extranjera, en alemán o en inglés. La señora Eccleston se propuso traducirlo con la ayuda de sus discípulas. Y así poco a poco el kindergarten de Paraná contó pronto con un seleccionado y hermoso material propio que fue enseguida utilizado por todos los institutos similares argentinos.”[22]



Por este Jardín, nada menos, pudo andar nuestro Carrieguito, ya que su familia estaba estrechamente ligada a los destinos de la Normal. Profesores, directores, alumnos, los Carriego han pasado por sus aulas.

¿Qué se habría  llevado, de haber tenido esta experiencia?
Se nos escapa, al pensarlo, una frase de un famoso educador: “Todo lo que sé, lo aprendí en el Kindergarten”.
Sabemos, por nuestras propias historias, los valores de la educación inicial y las huellas que ha dejado en cada uno de nosotros.
A pesar de las asincronías y los desencuentros, pensamos que no sería raro que nuestro Carrieguito se hubiera formado a la manera de su padre. De alguna forma, pues, la Normal de Paraná le dejó. Y mucho.
Pero Sara se fue a EEUU en el mismo año en que Evaristo debió de haber ingresado en el Establecimiento modelo.
Por lo tanto… ¡mucho se perdió Carrieguito! Mucho y bueno…Pero seguramente se llevó mucho, también, de aquella primavera bostoniana en Paraná.

[1] Nos referimos a Domingo Faustino Sarmiento.
[2] Político y escritor chileno, hijo de un banquero chileno y de una dama argentina, amigo de Sarmiento y a quien Mansilla dedicó su famoso libro “Una excursión a los indios ranqueles”.
[3] Reggini, Horacio. Boston, una de las claves de Sarmiento. Especial para La Nación. 9 de julio de 2000.

[4] Juana Manso se enamoró de un violinista brasileño que conoció en el exilio. Con el maestro Noronha tuvo dos hijas, una nacida en EEUU y otra en Cuba. Visitó Filadelfia y conoció a Mary Peabody, ya que las cartas que se cruzan muestra una relación fluida. Hasta el momento , la relación entre Juana y las maestras sarmientinas no ha sido debidamente estudiada por los especialistas.
[5] Yordet, Cecilia. Op.cit.
[6] Yornet, Cecilia.” La odisea de venir desde Boston a San Juan en el siglo XIX”.Fundación Bataller.
[7] Yornet, Cecilia. Op.cit..
[8] En la tapa del libro de Julio Crespo sobre las maestras de Sarmiento aparece una fotografía que muestra a  Jennie E. Howard y Clara Gillies de Bischoff tocando el banjo en la Escuela Normal de Paraná. Los especialistas en banjo de nuestro país consideran que fueron los primeros banjos que hubo en Argentina. Jennie fue la única que dejó escritas sus memorias de la aventura en un pequeño tomo.
[9] Yornet, Cecilia. Op.cit.
[10] Jennie Howard escribió sus memorias con el título de “In distant clime and other years”. Las narra en tercera persona.
[11] De Massi , Dr. Oscar Andrés. Con la pluma y la palabra. Puntal.com.ar.Río Cuarto.Córdoba. 6 de junio de 2011.

[12] Corresponde a las actuales calles Hipólito Yrigoyen (Victoria), Pasco, Alsina y Pichincha
[13] En el cementerio británico de la Chacarita se encuentran las tumbas de las maestras que trajo Sarmiento. Aquí también se dice que fue enterrada Juana Manso, quien se había convertido al protestantismo. Luego fue trasladada al Panteón del Magisterio de La Chacarita.
[14] En los episodios referidos a la epidemia de fiebre amarilla, uno de los animadores más vehementes para organizar la defensa de la población ante el flagelo, fue Evaristo Carriego de la Torre, el padre de nuestro poeta.
[15] El Intendente de Paraná, durante 2010, fue el señor José Carlos Halle.
[16] Riani , Jorge. Controversia sobre el destino final de una maestra contratada por Sarmiento. El Diario de Paraná.19/09/2010.

[17] Sosa de Newton, Lily. Diccionario biográfico de mujeres argentinas. Buenos Aires. Plus Ultra.1986
[18] Brailovsky, Daniel. Escenarios simbólicos en los orígenes del kindergarden. Diálogos de la memoria. Entrevista realizada en 2005

[19] Barrancos, Dora. Op.cit.
[20] Barrancos , Dora.Ibidem.
[21] En Internet :
[22] Op.cit.

 Fuente: Fragmento de "Carrieguito" de Laura Erpen



Dos imágenes no tan conocidas  
Un mapa de Boston en los años 1840, el sitio del análisis educativo principal de Sarmiento

Fotografía de Sarmiento después de la batalla de Caseros en 1852


Fuente de imágenes:wisconsinhistory.org
Paraná hacia el Mundo



Laura Erpen es escritora,de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, poeta,narradora, ensayista, premiada recientemente con el máximo galardón que otorga la provincia de Entre Río: el Premio Fray Mocho por su obra: "Carrieguito", investigación sobre la figura del poeta argentino Evaristo Carriego.





Caballero del ensueño...

¿Quién no ha escuchado alguna vez esta canción ,en boca de madres,tías, abuelas,?¿O en la versión de Atonio Tormo,por ejemplo?
Era de culto en las radios,allá por la década de los 40 ,los 50 y aún en los 60.Después fue haciéndose patrimonio de ñas reminiscencias de hijos,sobrinos, y nietos que se la aprendieron de memoria y la cantaron sin pensar en sus orígenes ,pero identificándose ,la mayoría de las veces ,con su intencionalidad. 



 Mis harapos por Antonio Tormo
        



Mis harapos (canción)


Caballero del ensueño, tengo pluma por espada
Mi palabra es el alcázar, de mi reino, la ilusión,
Mi romántica melena así lacia y mal peinada
Es más bella que las trenzas enruladas de Ninón.

Tengo un primo, él es rico, poderoso y bien querido
Yo soy pobre, soy enfermo, pienso, escribo y sé soñar,
Y una noche de esas noches, tan amargas que he sufrido
Mis harapos con su smoking se rozaron pasar.

Me miró como al descuido, no dejó su blanca mano
Se estrechara con la mía contagiándole calor,
Él, su smoking lo vestía, mi elegante primo hermano
Y alejóse avergonzado de su primo el soñador.

El helado cierzo a ratos arreciaba incompasivo
Yo sentía frío adentro, frío afuera y todo así,
Y arrimándome a un puerta, rompí en llanto compulsivo
Y llorando como un niño, como un hombre maldecí.

Vas rozando las hilachas de mis trágicos harapos
Una mueca de ironía, mi miseria le arrancó,
También ríen en el charco los inmundos renacuajos
Cuando rozan el plumaje de algún cóndor que cayó.

Arquetipo inconfundible de tartufos que disfrazan
Con el corte irreprochable de algún smoking o frac,
Tú eres, primo... el arquetipo, mis orgullos te rechazan
Déjame con mis harapos, son más nobles que tu frac.

Así comienza esta parte del libro  Carrieguito de la escritora Laura Erpen,el que ya se ha dicho que obtuvo el máximo galardón otorgado por la provincia de Entre Ríos: el Premio Fray Mocho en la categoría de género ensayo en 2010.
A partir de esta introducción con interrogantes y la letra de la canción Laura desplegará una historiografía minuciosa y detallada desde la confusión generada a partir de la atribución de la letra a Alberto Ghiraldo, destacando su labor como escritor,periodista,publicista,dramaturgo,las controversias por los derechos de autor de la canción hasta las íntimas relaciones con la poética de Carriego dentro del contexto social político culural económico de la época del 30 en Argentina.No queda afuera el estudio, la reflexión crítica sobre todo el contecer social político en el que se movieron el poeta ,el letrista, los cantores de tango,los políticos en aquel  Buenos Aires de principios del siglo XX.
Nada mejor que ofrecer la lectura de estas páginas que se centran en esta etapa de investigación sobre el poeta que refejan la valiosa labor literaria de Laura y fundamentan el merecido premio.




 Cliquear sobre la imagen para ver ampliada la imagen


  Cliquear sobre la imagen para ver ampliada la imagen 



  Cliquear sobre la imagen para ver ampliada la imagen 


  Cliquear sobre la imagen para ver ampliada la imagen 



   Cliquear sobre la imagen para ver ampliada la imagen



lunes, 10 de septiembre de 2012

La solución



Indudablemente las cosas tienen el valor que le dan las circunstancias .Y entre esas circusntancias están los contenidos que nosotros volcamos en ellas.Tal vez las cosas son como perchas en las que colgamos nuestras vestiduras interiores,teñidas de deseos, esperanzas,pesimismo, desilusión, ganas de.Y todo esto sí que depende en gran medida de nosotros.
Jorge Osvaldo Sito
("El telegrama")

La solución
             A Eduardo Diego
             Por el extrañísimo vientoque a veces nos conmueve

El problema sobrevino,cuando comenzaron a crecerle los dedos.
Hasta ese momento,había podido manejar el asunto.Con un poco de imaginación,con un cierto tono de audacia ,y con el deliberado intento de imaginación despistar a sus adversarios,había logrado campear el inconveniente.Cuando comenzaron a crecerle los ojos, apeló a los anteojos modernos, esos que ocupan casi todo el contorno del rostro.Bien mirado,hasta resultaba en onda ,una cara cubierta por el armazón oscuro,esfumado,coqueto.

Cuando comenzó a crecerle el cabello,y después de vanas citas al peluquero,se resignó a conformar un rodete apretado,bien apretado,que ocultó en el hueco dejado por la camisa, el traje y la espalda.
Cuando comenzaron a crecerle los dientes,recordó las costumbres de los roedores .De noche ,mientras ponía discos de los rockeros,(que venían de perlas), roía y roía cuanto se le ocurría,para ayudarse en su intento.

El crecimiento del cuerpo,se vio disimulado por la ropa moderna sport,que tanto se usa ahora y que consiste en meterse dentro de tres o cuatro talles más grandes que el que corresponde.De esa forma, pasó inadvertido.
Creía saber manejar la cosa .Es más : día tras día,ideaba nuevas situaciones.Todo le sonaba bastante a juego.Y, ya se sabe,las posibilidades que el juego proporciona a los adultos, es magnífica.(Claro está, también se sabe que, los mismos adultos, todavía no son capaces de admitirlo).

Pero lo que no supo o no pudo , fue el crecimiento de los dedos.Sobre todo,el crecimiento de los dedos de la mano.Los del pie, fueron un simple reto a la imaginación:calzózapatos más grandes,y el asunto no pasó a mayores.Pero, con los de la amno,la cuestiónfue dramática.Porque los dedos no sólo crecían...los dedos crecían y buscaban apretar,tocar,apresar...Algo, lo que fuera.Pero, principalmente,lo que el inconciente anunciaba como prometedor.

Así fue como una tarde ,los dedos crecieron y arribaron, en un viaje brevísimo,hasta las asentaderas redondeadas y agudas , de una adolescente que había enfundado sus grupas en jeans cinco números más estrechos que los correspondientes.

La chica cuando sintió, se dio vuelta.No se había sobresaltado, ciertamente;pero el enoje le iba creciendo.Cuando lo vio,la mirada fue demoledooray rugió en el enojo.:
-¡Viejo inmundo!

Otra vez, los dedos se lanzaron contra el rodete espumosos de una vieja que se hallaba en la misma cola, esperand el micro.Los dedos,se metieron en superficies flojonas,buscaron los broches sostenedores, tantearon el relleno.

Triunfales,lo sacaron,lo levantaron por el aire,lo sostuvieron como armamagnífica y desintegradora.Los ralospelos de la matrona, se agrandaron, se desplomaron sobre los hombros..Los ojos suplicaron, se agrandaron,pronto fefulgieron.Nuevamente, los bolsillos sostuvieron el arma pecaminosa.Tuvo que abandonarla cola para ascender al micro que por fin acababa de doblar en la esquina.
Pronto no pudo dominar el asunto.Dejó de salir.Uno : porque los bolsillos ya no le otorgaban seguridad. Otra: porque no sabía hasta que punto podría manejar esa serie de impulsos que emergían,vaya a saber se de dónde.
Con el correr de los días, el departamento le resultó chico,insoportable,incapaz de contener esas tijeras enormes que nacían desde las muñecas y amenazaban con derribar paredes.
Apeló a una última posibilidad: su casa de campo

Una noche ,sin que nadie lo viera,salió,hizo el trayecto.feliz,sin que nadie lo viera se insaló.Quitó las rejas de contención de las ventanas, desgajó las pueratas, abrió brechas en las paredes.Los dedos,libres,emergieron , recorrieron canteros, rozaron la tierra, apuntalaron árboles, se empinaron por sobre las rosas.

Cierto día,cuando la desmesura era ya increíble,comprendió que el crecimiento había cesado.Los dedos adquirían ahora ,una magnitud discreta.lo último que hicieron,antes de detener su carrera fue cavar una fosa grande, rectangular ,profunda.

Se sintió transportado,lentamente,por esos mismos dedos ,hacia el túmulo.Se sintió balanceado,apretado, apretado,por esos mismos dedos.Sintió que su garganta se cerraba.Sintió un garfio feroz en la garganta.Y también sintió esa palada de tierra húmeda, ageste,perfumada, que esos mismos dedos le lanzaban y que ya empezaba a tapar sus ojos crecidos, su pelo crecido, sus dedos inmensos, su cuerpo todo.Todo.







Laura Erpen en
41,42 , 43 ¡pelito es!
Ilustración Edurado Diego Silva
Ediciones Cículo
Cículo de Literatura Roberto Angel Parodi
Escuela Nacional Normal Superior Mariano Moreno


Laura Erpen es escritora,de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, poeta,narradora,ensayista, premiada recientemente con el máximo galardón que otorga la provincia de Entre Ríos: el premio Fray Mocho por su obra: "Carrieguito", investigación sobre la figura del poeta argentino Evaristo Carriego.(...). 
También en la página en este blog: buscar en el lateral derecho :Laura Erpen








Portada del libro

"41,42,43...¡pelito es! es una obra simbólica.Y como dice Camus:"un símbolo supera siempre a quien lo emplea y le hace decir en realidad más de lo que cree expresar".Así los personajes , a su vez están habitados por Laura Erpen.Son ese "cuando lo nombro ,me nombro".Fragmento del prólogo por Luis Salvarezza ( escritor, artista pástico de Concepción del Uruguay)




viernes, 7 de septiembre de 2012

De trenes y andenes


El paraíso perdido…

La estación del ferrocarril quedaba lejos del centro y uno tenía que recurrir al taxi que, resoplando, nos llevaba con todas nuestras valijas rechonchas de ropa que jamás usaríamos, por supuesto.

No soñábamos entonces con cruceros ostentosos, ni con aviones velocísimos, ni aún con micros aerodinámicos. No, era mejor la aventura: viajaríamos en tren.

En él teníamos una ventaja enorme: éramos dueños de un espacio considerable, se podían estirar las piernas y la ventanilla nos regalaba tajadas inmensas de lomadas y pueblos.

Y por sobre todo, descubríamos la parte de atrás de las casas, ese mundo privado que nos acercaba a las gentes y sus pequeñas cosas.

El guarda hacía sonar su silbato y el tiempo comenzaba a tener otra magia.
La campanilla convocaba a los remisos. Sentados en nuestros asientos, sentíamos que el cuerpo se aprontaba para el zangoloteo encantador y que en ocasiones, nos llevaba a dormitar ligeramente.

El pueblo se iba alejando, poco a poco, dejándonos su silueta difusa allá al fondo.
Mientras tanto, el campo iba ganando el punto de referencia de nuestra mirada y contábamos animales o mirábamos los colores del lino ofrecidos como bandera oscilante y rumorosa, o los territorios dorados en los que los trigales regalaban oros indescifrables.

Sabíamos cuánto tardaríamos en llegar a la próxima estación.
Tanto ir y venir nos había marcado nuestro tiempo interior. Más largo el viaje hasta Caseros. Para llegar a Herrera, mucho menos. Algo más distante Mantero. Rocamora, casi un suspiro. Y por fin, allá, al ladito nomás, nuestro Edén, Tala.

Era cuestión de manotear valijas rápido cuando veíamos la silueta, porque la ansiedad nos podía.
El abuelo nos esperaba en el andén y hacía él corríamos, libres y felices.
El se reía, nervioso, y nos tomaba de la mano y salíamos rumbo a la casa.

Recuerdo el Hotel Delfino, frente a la estación, en el que alguna vez vivió mi padre cuando llegó, joven empleado de justicia, al lugar en donde conocería a mi madre, en un baile de Atlético. Y uno no podía menos que suspirar.

Amigos, recorridas por la Plaza, el paseo para ver los pescaditos de la fuente, alguna que otra vez la visita en bañadera, pelo al viento, al balneario. Pero sobre todo, las visitas a amigos, primos, viejos conocidos. Y alguna que otra inspección a Blanco y Negro, por si había algo moderno que podríamos llegar a soñar, porque no había con qué comprar y con eso ya nos bastaba.
El tren de regreso tenía un aire más tristón.

Se alejaba de nuestros ojos el paraíso infantil y la distancia entre Caseros y Concepción resultaba, la más de las veces, insoportable.
Enese mundo de trenes, cochemotores, Fiat y Ganz, he recorrido la provincia. 
Primeroa Tala, ida y vuelta. Luego hasta más lejos, hasta Paraná. Con ese traqueteo inolvidable como fondo, aprendí a deslumbrarme con la curvatura de lomas o los campos pródigos y los pueblos encantadores.
Todo quedó atrás. Estaciones mudas me recuerdan, cuando paso en auto por la ruta, aquellos tiernos viajes de niñez encantada. Hay silencios que callan historias, taconeos apurados que resuenan sólo en el corazón porque los andenes padecen nostalgias de viajeros.

Cuando paso en mis viajes, miro hacia Guardamonte, allá, no sé bien dónde.
Nunca he ido, quizás lo haga alguna vez. Simplemente para saber en dónde vivió mi madre sus años primeros, en donde crecieron mis tíos, en donde dieron clases mis abuelos, en donde recalaron con sus sueños antes de trasladarse a Tala y a sus lentas costumbres de pueblo tranquilón.

Alguna vez iré, salvo que no podré hacerlo en tren. Y la nostalgia seguro que me embargará, porque me faltará la música que acompañaba mis ansiedades infantiles. Y eso es mucho ya, porque es como sentir que me falta un pedazo de infancia, un trozo de cielo, una porción de sonrisas y una caricia de abuelos que ya no están y que siguen acompañando mis días, inevitable y tiernamente.



Por Laura Erpen
Escritora, poeta,narradora, ensayista,de Concepción del Uruguay,Entre Ríos, Premio Ensayo Fray Mocho 2010 por su libro"Carrieguito",un excelente estudio e investigación sobre la figura de Evaristo Carriego,poeta argentino del que en breve realizaré una nota.







Este relato El paraiso perdido me llegó entrañablemente ,ya que desde que me recibí como docente empecé a trabajar en las ciudades de Bovril y Alcaraz, en el departamento La Paz ,pueblos que también surgieron fundándose a la vera del ferrocarril..Largos años viajé en aquellos trenes que me llevaban desde Bovril a Alcaraz ,desde Alcaraz hasta Paraná adonde iba a visitar primero a mi hermano ,luego a compañeros,a realizar estudios o a revolver libros en las librerías y cuando el bolsillo daba adquirir aunque fuera un sólo ejemplar.El tren tenía una magia particular, recuerdo anécdotas que que aún siguen palpitando...era hermoso ver el paisaje montielero desde sus anchas ventanillas, conversar con los pasajeros,la mayoría estudiantes, familias enteras,campesinos,que trasladaban en sus canastos hortalizas ,huevos y algún cordero o lechón en vísperas de fiestas de fin de año para compartir con sus familiares de otros pueblos o colonias.Se tomaba mate como si uno estuviera en su casa , se convidaban tortas ,pasteles y lo que la mano generosa prodigara.

Como esta nota está dedicada  a Laura ,dejaré para otra oportunidad mis relatos de trenes y andenes ...nada más agradecer a mi querida profe, amiga de noches insomnes por su nobleza de gente,su generosidad y tanto caudal literario y de enseñanzas vida que nos ha regalado.

Sí no resisto el deseo de compartir dos fotos de la estación de trenes en la ciudad de Alcaraz:








Fuente del texto El paraiso perdido, Blog Escuelas y Trenes de Andrés Casaretto,ver aquí