Cortázar




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"Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé!"

Rayuela cap 64


                                                                              el escritor 







Entrevista a Julio Cortázar por parte de Joaquin Soler Serrano, en el programa "A fondo" de RTVE

"asegura que su nacimiento en Bruselas fue accidental y repasa sus recuerdos infantiles. Habla de su oficio de maestro, del inicio de su vocación literaria y hace un repaso cronológico de su obra. Comienza hablando de su primer libro, Presencia (1938), de su noción de estilo literario, de su uso del lenguaje y del laberinto como constante de su obra. Recuerda su exilio en París. Por último, explica los antecedentes de su novela Rayuela, así como su interés por el mundo del jazz."



 Rayuela



Tendré que irme a pasar una noche en ese hotel, escuchar en la oscuridad el rumor de Montmartre  que cede lentamente al silencio, oír  el  último  autobús  sobre  el  puente resonante, la suspensión sobre la muerte, el balcón aspirado por ese otro fragor inmóvil y secreto que la vida rechaza con las palabras, con el amor, con el obstinado olvido. A vos te voy a llevar, Francine, para que tengas tu primera lección auténtica de patafísica, francesita libresca  y  cartesiana  (como  yo)  y  no  esa  fácil  aceptación  literaria  que  tantas  veces confundís, confundimos, con lo que corre por debajo de la piel del día. 


Y alguna tarde te llevaré también a esa galería cerca del Palais Royal en la que el polvo ha ido cayendo como si el tiempo depositara su materia cineraria en las vitrinas y los pasajes, un polvo que huele a guantes y a plumas y a violetas secas, y te mostraré sin ostentación, casi furtivamente como hay que hacerlo con las zonas  habitadas,  la vidriera de las muñecas antiguas. Allí están desde quién sabe cuándo, polvorientas con sus capotitas, sus moños, las pelucas convencionales, los zapatos negros o blancos, la tristeza estúpida de sus caras sonrientes donde anduvieron dedos minúsculos que hoy son también polvo y quizás sonetos de amor en algún álbum de salón burgués.


La tienda es muy pequeña y las dos veces que me asomé al escaparate no distinguí a nadie en el interior; hay una sospecha de escalera en el fondo, cortinas oscuras, más polvo. Algún tráfico vergonzante ha de cumplirse a otras horas del día, vendrá gente a vender las muñecas de la familia, las mejores, de loza, o porcelana, y otros vendrán a elegir para sus colecciones, a pasearse por ese menudo rígido burdel de vitrina holandesa, mirarán muslos, tocarán gargantas, harán girar los ojos azules en las órbitas,  ritos  necesarios  entre  exclamaciones  y  largos  silencios,  comentarios  de  la vendedora que puedo imaginar vieja y reseca, y acaso visitas a un desván donde se habrán acumulado cabezas y piernas sueltas, ropas intercambiables, cofias y zapatos, la cripta de Barba Azul para una dudosa inocencia de té con pastas, de regalo a la tía que colecciona muñecas para conjurar el tiempo. Y tal vez




El libro de Manuel-fragmento
Julio Cortázar
leer





Julio Cortázar - Entrevista, 1983 - 1 de 4

Aquí hace referencia a la escritura de El libro de Manuel
Julio Cortázar entrevistado en México en la Librería El Juglar



Julio Cortázar - Entrevista, 1983 - 2 de 4

Julio Cortázar - Entrevista, 1983 - 3 de 4



Julio Cortázar - Entrevista, 1983 - 4 de 4

Julio Cortázar - Entrevista, 1983 - completa 45 minutos
Julio Cortázar fue entrevistado en México en la Librería El Juglar.









Julio Cortázar (Documental de Montes-Bradley)












"En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao."
Axolotl




Audios








                                                        Cortázar por él mismo-Julio Cortázar
                                                        

"Libro sonoro grabado por Julio Cortázar en febrero de 1970. -Palabras preliminares -Torito -Palabras -Elecciones insólitas -Palabras -La Inmiscusción terrupta -Palabras -Las buenas inversiones -Palabras -Los discursos del pinchajeta -Palabras -Albúm con fotos -Palabras -Sobremesa"


                                              Capítulo Veinticinco. Julio Cortázar. Cortázar I
                                                       


Programa Celebración de la palabra, dedicado a Julio Cortázar,anécdotas y citas de la entevista de María Ester Vásquez que le realizó a Luis Tomaselo en la revista La Maga en 1994 .Tomaselo pintor que vivió en Francia compartió una gran amistad con el escritor y fue el que lo internó por última vez despidiéndose de él.María Ester Vasquéz conversó con Luis Tomaselo y habló del Cortázar íntimo y cotidiano; voz del autor recitando sus poemas, lectura del cuento "Torito" y otras referencias.Excelente Homenaje.


Torito



A la memoria de don Jacinto Cúcaro,
que en las clases de pedagogía del normal "Mariano Acosta",
allá por el año 30, nos contaba las peleas de Suárez.



    Qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos. Te conozco, mascarita. Cada vez que pienso en eso, salí de ahí, salí. Vos te creés que yo me desespero, lo que pasa es que no doy más aquí tumbado todo el día. Pucha que son largas las noches de invierno, te acordás del pibe del almacén cómo lo cantaba. Pucha que son largas... Y es así, ñato. Más largas que esperanza'e pobre. Fijáte que yo a la noche casi no la conozco, y venir a encontrarla ahora... Siempre a la cama temprano, a las nueve o a las diez. El patrón me decía: "Pibe, andáte al sobre, mañana hay que meterle duro y parejo". Una noche que me le escapaba era una casualidad. El patrón... Y ahora todo el tiempo así, mirando el techo. Ahí tenés otra cosa que no sé hacer, mirar p'arriba. Todos dijeron que me hubiera convenido, que hice la gran macana de levantarme a los dos segundos, cabrero como la gran flauta. Tienen razón, si me quedo hasta los ocho no me agarra tan mal el rubio.

    Y bueno, es así. Pa peor la tos. Después te vienen con el jarabe y los pinchazos. Pobre la hermanita, el trabajo que le doy. Ni mear solo puedo. Es buena la hermanita, me da leche caliente y me cuenta cosas. Quién te iba a decir, pibe. El patrón me llamaba siempre pibe. Dale áperca, pibe. A la cocina, pibe. Cuando pelié con el negro en Nueva York el patrón andaba preocupado. Yo lo juné en el hotel antes de salir. "Lo fajás en seis rounds, pibe", pero fumaba como loco. El negro, cómo se llamaba el negrito, Flores o algo así. Duro de pelar, che. Un estilo lindo, me sacaba distancia vuelta a vuelta. Áperca, pibe, metele áperca. Tenía razón el trompa. Al tercero se me vino abajo como un trapo. Amarillo, el negro. Flores, creo, algo así. Mirá como uno se ensarta, al principio me pareció que el rubio iba a ser más fácil. Lo que es la confianza, ñato. Me barajó de una piña que te la debo. Me agarró en frío el maula. Pobre patrón, no quería creer. Con qué bronca me levanté. (...)

Cuento completo aquí: leer


JULIO CORTAZAR: TORITO Y CASA TOMADA (LEÍDOS POR ÉL MISMO)




Julio Cortázar lee dos de sus primeros cuentos: Torito (sobre el "torito" de Mataderos, el boxeador Justo Suárez) y Casa tomada (uno de los cuentos que integran "Bestiario")


Casa tomada  cuento completo


Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Casa tomada en la voz de Cortázar






Julio Cortázar "Posible explicación de Casa Tomada"





                           CASA TOMADA versión relato oral por ALBERTO LAISECA




Fragmento de una adaptación para cine



La metáfora de "La casa tomada"  por Juan Pablo Feinman en Filosofía aquí y ahora Parte 1

La metáfora de "La casa tomada"  por Juan Pablo Feinman en Filosofía aquí y ahora Parte 2

La metáfora de "La casa tomada"  por Juan Pablo Feinman en Filosofía aquí y ahora Parte 3


Casa Tomada cortometraje 


Julio Cortázar  lee Un tal Lucas - Un pequeño paraíso
en la Librería El Juglar, México, D.F.



Julio Cortázar  Un tal Lucas - Un pequeño paraíso





Las formas de la felicidad son muy variadas, y no debe extrañar que los habitantes del país que gobierna el general Orangu se consideren dichosos a partir del día en que tienen la sangre llena de pescaditos de oro.



De hecho los pescaditos no son de oro sino simplemente dorados, pero basta verlos para que sus resplandecientes brincos se traduzcan de inmediato en una urgente ansiedad de posesión. Bien lo sabía el gobierno cuando un naturalista capturó los primeros ejemplares, que se reprodujeron velozmente en un cultivo propicio. Técnicamente conocido por Z-8, el pescadito de oro es sumamente pequeño, a tal punto que si fuera posible imaginar una gallina del tamaño de una mosca, el pescadito de oro tendría el tamaño de esa gallina. Por eso resulta muy simple incorporarlos al torrente sanguíneo de los habitantes en la época en que éstos cumplen los dieciocho años; la ley fija esa edad y el procedimiento técnico correspondiente.



Es así que cada joven del país espera ansioso el día en que le será dado ingresar en uno de los centros de implantación, y su familia lo rodea con la alegría que acompaña siempre a las grandes ceremonias. Una vena del brazo es conectada a un tubo que baja de un frasco transparente lleno de suero fisiológico, en el cual llegado el momento se introducen veinte pescaditos de oro. La familia y el beneficiado pueden admirar largamente los cabrilleos y las evoluciones de los pescaditos de oro en el frasco de cristal, hasta que uno tras otro son absorbidos por el tubo, descienden inmóviles y acaso un poco azorados como otras tantas gotas de luz, y desaparecen en la vena. Media hora más tarde el ciudadano posee su número completo de pescaditos de oro y se retira para festejar largamente su acceso a la felicidad.



Bien mirado, los habitantes son dichosos por imaginación más que por contacto directo con la realidad. Aunque ya no pueden verlos, cada uno sabe que los pescaditos de oro recorren el gran árbol de sus arterias y sus venas, y antes de dormirse les parece asistir en la concavidad de sus párpados al ir y venir de las centellas relucientes, más doradas que nunca contra el fondo rojo de los ríos y los arroyos por donde se deslizan. Lo que más los fascina es la noción de que los veinte pescaditos de oro no tardan en multiplicarse, y así los imaginan innumerables y radiantes en todas partes, resbalando bajo la frente, llegando a las extremidades de los dedos, concentrándose en las grandes arterias femorales, en la yugular, o escurriéndose agilísimos en las zonas más estrechas y secretas. El paso periódico por el corazón constituye la imagen más deliciosa de esta visión interior, pues ahí los pescaditos de oro han de encontrar toboganes, lagos y cascadas para sus juegos y concilios, y es seguramente en ese gran puerto rumoroso donde se reconocen, se eligen y se aparean. Cuando los muchachos y las muchachas se enamoran, lo hacen convencidos de que también en sus corazones algún pescadito de oro ha encontrado su pareja. Incluso ciertos cosquilleos incitantes son inmediatamente atribuidos al acoplamiento de los pescaditos de oro en las zonas interesadas. Los ritmos esenciales de la vida se corresponden así por fuera y por dentro; sería difícil imaginar una felicidad más armoniosa.


El único obstáculo a este cuadro lo constituye periódicamente la muerte de alguno de los pescaditos de oro. Longevos, llega sin embargo el día en que uno de ellos perece, y su cuerpo, arrastrado por el flujo sanguíneo, termina por obstruir el pasaje de una arteria a una vena o de una vena a un vaso. Los habitantes conocen los síntomas, por lo demás muy simples: la respiración se vuelve dificultosa y a veces se sienten vértigos. En ese caso se procede a utilizar una de las ampollas inyectables que cada cual almacena en su casa. A los pocos minutos el producto desintegra el cuerpo del pescadito muerto y la circulación vuelve a ser normal. Según las previsiones del gobierno, cada habitante está llamado a utilizar dos o tres ampollas por mes, puesto que los pescaditos de oro se han reproducido enormemente y su índice de mortalidad tiende a subir con el tiempo.

El gobierno del general Orangu ha fijado el precio de cada ampolla en un equivalente de veinte dólares, lo que supone un ingreso anual de varios millones; si para los observadores extranjeros esto equivale a un pesado impuesto, los habitantes jamás lo han entendido así, pues cada ampolla los devuelve a la felicidad y es justo que paguen por ella. Cuando se trata de familias sin recursos, cosa muy habitual, el gobierno les facilita las ampollas a crédito, cobrándoles como es lógico el doble de su precio al contado. Si aún así hay quienes carecen de ampollas, queda el recurso de acudir a un próspero mercado negro que el gobierno, comprensivo y bondadoso, deja florecer para mayor dicha de su pueblo y de algunos coroneles. ¿Qué importa la miseria, después de todo, cuando se sabe que cada uno tiene sus pescaditos de oro, y que pronto llegará el día en que una nueva generación los recibirá a su vez y habrá fiestas y habrá cantos y habrá bailes?

Julio Cortázar  lee Un tal Lucas - Un pequeño paraíso
en la Librería El Juglar, México, D.F.

En breve volveré con más de Cortázar...





30 de agosto de 2012





domingo 4 de noviembre de 2012


Adaptaciones de relatos de Cortázar al cine 
Circe


Uno de los directores argentinos que ha realizado adaptaciones de la obra de Cortázar  al cine fue Manuel Antín.


Fragmento de "Circe"  con enlace al cuento completo:


Porque ya no ha de importarle, pero esa vez le dolió la coincidencia de los chismes entrecortados, la cara servil de Madre Celeste contándole a tía Bebé la incrédula desazón en el gesto de su padre. Primero fue la de la casa de altos, su manera vacuna de girar despacio la cabeza, rumiando las palabras con delicia de bolo vegetal. Y también la chica de la farmacia -“no porque yo lo crea, pero si fuese verdad, ¡qué horrible!”- y hasta don Emilio, siempre discreto como sus lápices y sus libretas de hule. Todos hablaban de Delia Mañara con un resto de pudor, nada seguros de que pudiera ser así, pero en Mario se abría paso a puerta limpia un aire de rabia subiéndole a la cara. Odió de improviso a su familia con un ineficaz estallido de independencia. No los había querido nunca, sólo la sangre y el miedo a estar solo lo ataban a su madre y a los hermanos. Con los vecinos fue directo y brutal; a don Emilio lo puteó de arriba abajo la primera vez que se repitieron los comentarios. A la de la casa de altos le negó el saludo como si eso pudiera afligirla. Y cuando volvía del trabajo entraba ostensiblemente para saludar a los Mañara y acercarse -a veces con caramelos o un libro- a la muchacha que había matado a sus dos novios.


Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia, demasiado lenta en sus gestos (yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son lentas entonces) y usaba vestidos claros con faldas de vuelo libre. Mario creyó un tiempo que la gracia de Delia y sus vestidos apoyaban el odio de la gente. Se lo dijo a Madre Celeste: "La odian porque no es chusma como ustedes, como yo mismo", y ni parpadeó cuando su madre hizo ademán de cruzarle la cara con una toalla. Después de eso fue la ruptura manifiesta; lo dejaban solo, le lavaban la ropa como por favor, los domingos se iban a Palermo o de picnic sin siquiera avisarle. Entonces Mario se acercaba a la ventana de Delia y le tiraba una piedrita. A veces ella salía, a veces la escuchaba reírse adentro, un poco malvadamente y sin darle esperanzas.(...)



Lectura del cuento completo en el blog de ciudadseva.com: Circe




A continuación el enlace para ver "Circe", película basada en el cuento homólogo de Cortázar





"A principios de la década del 60, Manuel Antin comienza su carrera cinematográfica adaptando cuatro cuentos de Julio Cortázar en tres largometrajes: La cifra impar (1961, adaptación de "Cartas de mamá"), Circe (1963, adaptación del cuento homólogo) e Intimidad de los parques (1964, fusión de dos cuentos: "El ídolo de las Cícladas" y "Continuidad de los parques"). Tras haber visto los resultados de la primera película, Cortázar señala con entusiasmo: "nada podría hacerme más feliz que darle un hermoso tema al hombre que filmó La cifra impar", por lo que, más tarde, aceptará colaborar con la escritura de los dos guiones siguientes.
Entre 1961 y 1975, escritor y director mantienen una correspondencia profesional y personal -vía París-Buenos Aires- que atestigua no sólo cómo fueron tomando forma las adaptaciones sino también cómo fue creciendo una amistad entrañable.
El eje temático que vertebra las tres adaptaciones se resume en la inscripción que abre la última película (Intimidad de los parques) y que cierra la trilogía: "Antiguas leyendas cuentan esta historia: la mujer que se niega al amor se convierte en piedra". Los tópicos de la mujer y del amor denegado funcionan como el detonante del conflicto en este juego de trilogías compuesto por tres adaptaciones, tres dramas amorosos, tres jóvenes mujeres protagonistas, que encarnan la muerte, como las parcas griegas.

Notas y artículos sobre la relación de este relato y la película: 

MANUEL ANTÍN Y JULIO CORTÁZAR

EL CINE DE MANUEL por Mariana Sández
A principios de la década del 60, Manuel Antin comienza su carrera cinematográfica adaptando cuatro cuentos de Julio Cortázar en tres largometrajes: La cifra impar (1961, adaptación de "Cartas de mamá"), Circe (1963, adaptación del cuento homólogo) e Intimidad de los parques (1964, fusión de dos cuentos: "El ídolo de las Cícladas" y "Continuidad de los parques"). Tras haber visto los resultados de la primera película, Cortázar señala con entusiasmo: "nada podría hacerme más feliz que darle un hermoso tema al hombre que filmó La cifra impar", por lo que, más tarde, aceptará colaborar con la escritura de los dos guiones siguientes.


Entre 1961 y 1975, escritor y director mantienen una correspondencia profesional y personal -vía París-Buenos Aires- que atestigua no sólo cómo fueron tomando forma las adaptaciones sino también cómo fue creciendo una amistad entrañable.
El eje temático que vertebra las tres adaptaciones se resume en la inscripción que abre la última película (Intimidad de los parques) y que cierra la trilogía: "Antiguas leyendas cuentan esta historia: la mujer que se niega al amor se convierte en piedra". Los tópicos de la mujer y del amor denegado funcionan como el detonante del conflicto en este juego de trilogías compuesto por tres adaptaciones, tres dramas amorosos, tres jóvenes mujeres protagonistas, que encarnan la muerte, como las parcas griegas.


Lectura completa en: El cine de Manuel

Fuente: Leer Cine Revista de Cine y Cultura www. leercine.com.ar

En el siguiente documental de Montes -Bradley entre varios artistas, pensadores, intelectuales que hablan sobre el escritor aparece también el cineasta manuel Antín.




"Cortázar: Apuntes para un documental intenta descifrar este enigma: cómo un escritor apolítico, tan representativo de los temores de la clase media argentina, se vuelve el paradigma del escritor políticamente comprometido. La discusión de si hay uno o dos Cortázar se vuelve centro de la discusión. En 1963 el escritor visita Cuba. Regresa maravillado y dispuesto a "darse vuelta como un guante". A partir de entonces, habría nacido otro escritor. El libro de Manuel sería testimonio de ese cambio, y la recepción que recibe, el síntoma de la desconfianza que -por derecha y por izquierda- despierta el giro de su autor. El "nuevo" Cortázar decepciona a sus lectores naturales, los de la clase media más conformista. A los que antes interpretaba en sus miedos más profundos, ahora los abandona por una causa a la que ellos temen. Pero tampoco conforma al que debería ser su nuevo público, el de los militantes de izquierda, porque se apropia de su ideario sin acabar de comprenderlo y, para colmo de males, buscando sumarse a la gesta revolucionaria con más entusiasmo que coraje. Ese giro inesperado en la obra de Cortázar es el eje que organiza el material y los testimonios de Cortázar: 
Apuntes para un documental. Pero Montes-Bradley (Harto The Borges, Los Cuentos del Timonel) los dispone de manera tal que no se rompa el misterio de esa conversión que, como cualquier otra, no tiene una explicación racional. Todo el film aborda ese enigma sin terminar de descifrarlo, aunque sí dejando las pistas para poder pensar la naturaleza individual y colectiva de ese giro. Parte del misterio excede al propio Cortázar y expresa una actitud generacional compartida: la de la clase media intelectual que en los años sesenta abrazó el ideario de la izquierda latinoamericana."

Fuente : Información sobre el video aportado por el blog Red Filosófica del Uruguay



28 de junio 50 años de Rayuela
Audio  Documentos RNE - Julio Cortázar. 50 años de "Rayuela" - 22/06/13
Publicado en el Podcast Documentos RNE el 22/06/2013, en Arte y literatura




21 de mayo de 2014 http://voraxlectora.blogspot.com.ar/2014/05/todo-es-distante-y-diferente.html

Todo es distante y diferente y parece inconciliable
Y a la vez todo se da simultáneamente en este momento que
Todavía no existe para mí
Y que sin embargo es el momento en que usted escucha estas palabras
Que yo grabe en el pasado es decir
En un tiempo que para mí ahora es el futuro
Juegos de la imaginación de un señor sensato que nunca
Falta entre los locos como si eso nunca fuera a decir algo
Como si supiéramos lo que es un juego en el fondo
Y sobretodo lo que es la imaginación.

Y cuando digo usted
Usted no existe para mí
Y sin embargo vaya si existe porque usted y yo somos,
somos este encuentro desde tiempo y espacios distintos
una anulación de esos tiempos y espacios.

Julio Cortázar




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