sábado, 10 de agosto de 2013

Amparo



Dicen que porque soy fotógrafo registro la vida con otros ojos. Puede ser, pero también puede ser a la inversa: tener esa capacidad de asombro ante cada detalle me hizo inclinarme por la tarea que amo hasta el delirio, aunque es pasión que  va en segundo término, porque primero está Amparo, indiscutiblemente.

Comencé con la fotografía como todos, casi jugando. En mi casa no había nadie que anduviera en esos menesteres, y sólo han quedado de mi niñez algunas fotos sacadas por el tío Carlos, el más innovador de todos, el único que tenía una máquina cuadrada, negra, tosca, con la que armaba un ritual:
-… a colocarse en pose, vos más cerca que no te toma la cámara, vos más arriba, agachate que la tapás a fulana, vos…
La familia quedaba retratada en las vacaciones, en blanco y negro, alta resolución. El tío Carlos se llevaba la máquina cuando volvía a Buenos Aires y en ella íbamos encerrados todos los primos, presos, duros, tiesos, hasta que las revelara y las mandara en sobres prolijos y rotulados con la dirección escrita justo en el medio.
Era una fiesta abrirlos y no podíamos con la urgencia que nos hacía saltar como muñecos destartalados.

Papá nos ponía en orden y abría demasiado morosamente ese tesoro, sabedor de que el juego del poder estaba de su parte. Cuando al fin salían las fotos, las mirábamos una a una y recuperábamos un poco de nuestra identidad, porque tío Carlos nos había robado un tiempo precioso que había sido de nosotros y ahora lo retornaba, en pedacitos. El regreso no nos devolvía el ayer y sus gozos, pero al menos, nos quedaba una tajada plantada en grises suaves que año a año se iban perdiendo…

Los primos son, ahora, una mancha apenas borroneada en la superficie. Los he tratado de recuperar en mi escáner, pero se han ido, se han perdido, se han quedado colgados en el pasado, se han congelado en un tiempo extraño en el que todos sonreímos como si estuviésemos vestidos de estatuas tontas.
El aire fresco de nuestras risas no se escucha, no se siente el eco cantarino del agua entonces clara, no se advierten los gritos de la playa en fiesta, no se ven los cuerpos maduros sorbiéndose el sol en las esteras…No se atrapa la vida. El tío Carlos habrá sido innovador, pero jamás fue apasionado.
A esa etapa le habían seguido las fotos de circunstancia en la Casa del Arte, en donde me topé con una sorpresa: quien tomaba las fotos era una mujer. Terminada la ceremonia de la Comunión, duro de paquete, marché a la toma angelical y recatada que era de uso y abuso: el reclinatorio decorado con femenino esmero, la pose neutra para significar que estaba cerca de los ángeles, la Virgen y Dios, el moño blanco impecable enmarcando el largo del brazo y demostrando la pureza, y la voz de la fotógrafa pidiéndome sonrisas, serenidad, con singular modulación, con sugestivo encanto.

De ahí en más, las camaritas que se pudieran, porque plata no había para esas cosas lujosas, y  la decisión final: irme a probar destinos en la Gran Ciudad, siempre pospuestos, por un motivo o por otro. Cursos en Academias, esfuerzo, hambrunas, puestitos sin importancia y el acceso al diario y alcanzar la felicidad, (porque eso era lo que amaba), fueron los siguientes escalones. Pero no era suficiente, yo quería algo más.
Y ese algo más, llegó con Amparo. Los desnudos que le hice también están en blanco y negro, pero viven, viven, viven… Ella persiste en esas fotos, está allí, mostrando sus pechos altaneros, la exacta curva de su cintura, su nuca deliciosa, sus cabellos volando como si fueran garzas, sus manos desleídas sobre los muslos redondos y morenos, sus ojos cerrados como si estuviera adormecida.
Aquella tarde inicial, su voz respondió a mi llamado como si me estuviera esperando. Me dio su teléfono un compañero de tareas, solidario como pocos, sabedor de que ese concurso de desnudos artísticos eran tentador y redituaría sus buenos dividendos.

Zabalía me lo dijo, sin vueltas, al mejor estilo de amigazo: - Esa mina vale oro, viejo… es una estatua griega que camina…llamala, haceme caso, salís primero, papá…
Dudé, soy algo tímido, lo reconozco. Di vueltas y más vueltas y entrando el atardecer, entusiasmado por un crepúsculo brillante y luminoso, me aferré al teléfono y marqué el  número que también marcaría mi destino. Contestó con elegancia, mucha calma y practicidad. Fijamos el lugar de la cita y me sentí poderoso.
Me dijo que era porteña, yo la noté fina y distinguida. Sus palabras medidas y económicas me dieron a entender que posaba para pagarse sus estudios de Literatura, pero que no era su ocupación definitiva, que todo era provisorio y precario. Fue la primera vez que le escuché decir eso. Pronto lo repetiría una y otra vez. Amparo decía con presteza, usando a la manera de leit motiv, comúnmente, dos calificativos: todo era  precario y provisorio.
Parecía tener un sentido de los sucesos muy distinto al mío, que pensaba que todo era para siempre. No se aferraba a las situaciones ni a los sueños, los mutaba de continuo. ¿Podría calificarla de pragmática? Hoy diría que era intuitiva, que tenía un sexto sentido para las cosas, que adivinaba entre líneas… pero ya no tiene caso. ¿A qué divagar? Era así, hasta sensata, diría.
Aún cuando su desempeño como modelo no era el destino que había elegido como definitivo, manejaba muy bien su trabajo y lo hacía con gran destreza. Era un sueño esa mujer y, fotografiarla, suponía íntimo regocijo.
Por lo general, me había dedicado a paisajes, y mi atrevimiento con el desnudo obedecía más a la necesidad de instalarme en el medio y ser reconocido, que a pasión verdadera. Pero lo de Amparo fue demoledor: fotografiarla pasó a ser mi pasión. ¿O mi obsesión?
Cada vez que programábamos una sesión de fotos, yo preparaba el estudio como si se tratara de una misa pagana. Siempre había flores, fuentes que cantaban pequeños suspiros de agua leve, alfombras tibias, cortinas en resguardo y la consiguiente parafernalia técnica que cada vez era más sofisticada, pero inútil, porque a ella casi siempre la tomé con la primera cámara que tuve como propia: era vieja, cuadrada y tosca como la del tío Carlos. Sin embargo, yo amaba sus formas difíciles y el sólo tacto de su superficie áspera prendía la chispa de la pasión y el deseo.

Amparo hacía lo suyo, como si fuera una sacerdotisa. Se quitaba la ropa con giros breves, la dejaba caer exactamente en donde debía, pero con desgano. Se iba descamando de velos y telas para emerger como la Venus de Botticelli naciendo de las aguas, lejana y sin ningún pudor, segura de su encanto. Luego, venía el paso imprescindible y, sin palabras, ejecutaba su propio ritual: me miraba, me encendía, me prendía fuego y luego, con un gesto sutil y como al acaso, iba entrecerrando sus ojos hasta que las pestañas inmensas y tupidas se abrazaban unas con otras y se unían en un cerco de pelo espeso y brillante para negarme sus ojos. Segura de su magia, suspiraba y comenzaba a moverse al compás de una música que sólo oía en su interior.
El silencio más absoluto nos rodeaba, pero nuestros mudos corazones cantaban y sé que era la misma canción.

Parece un absurdo lo que diré aunque ya estoy acostumbrado a mis paradojas : noto que he acariciado la piel de Amparo de todas las formas posibles, pero la más apasionada ha sido aquella en la que estuve lejos, detrás de la cámara, sorbiéndome cada tramo de su intenso cuerpo como si fuera un vino profundo y delicioso.
Razón había tenido Zabalía: saqué el premio y toqué el cielo, las nubes y hasta la barba de Dios, esa que me mostraba la tía cuando era mi catequista.
Cuando lo supo, ni se inmutó, sólo esbozó una seductora sonrisa, cerró los ojos, entrelazó las pestañas y me negó las pupilas. Sentí que jamás podría prescindir de su presencia .No se lo dije, se lo hice entender de otro modo, mucho más directo .Consintió, serena y suave, hasta que el  huracán se desató en el lecho y la barba de Dios tuvo la textura de su pubis de seda.

Entonces, sonaron campanas. Sonaron campanas porque el cuerpo  vibró como si un ruido inmenso entrara en él y lo sacudiera, como si un látigo lo recorriera por entero. Sonaron campanas. Yo sé que eran de fiesta, de redobles de gloria, de alegría, de un tono grandioso. Sonaron campanas. Yo sé que  eran campanas inmensas como catedrales, altas y firmes, sonoras y puras, llenas de la luz que atraviesa los vitrauxs destilando colores y dibujando nubes doradas. Sonaron campanas. Las escuché con unción, en el silencio puro del alma, en el vacío que se hace espera, regocijo, calma y serena magia.
Por un momento, creí que la respiración habría de cesar y que mi corazón estallaría como un inmenso globo rojo reventando en fuego vivo. Por un momento, su piel fue leve, escasa, apenas el envoltorio del cuerpo conmovido, de la boca abierta como una flor sin manchas, pura gracia. Por un momento yo estuve a solas con mis recuerdos, con mis días niños, con mis esperanzas, con mi fe que tintineaba como campanilla. No hubo nadie más que los dos, aunque estuviéramos en medio del mundo y su bullicio.

Amparo no solía usar joyas, parecía no necesitarlas. La mejor de todas era su piel…y alcanzaba. Recuerdo que otra tarde, concluida ya la rutina reiterada, noté que movía su brazo derecho en dirección al hombro izquierdo, levemente, como si una araña imperceptible recorriera la cuesta del brazo en descanso… La mano siguió el trazado con dulce suavidad, y abrió el cuenco en que se había convertido para dejar caer el tesoro en custodia; entonces fue que comenzó a correr por la espalda soberbia y desguarnecida, un hilo de perlas. Levantó en cámara lenta el mentón y su nariz perfecta fue cortando el espacio, lentamente, hacia lo alto. El pelo moreno y largo se deslizó cubriendo con claras brechas de luz  la superficie laxa. En ese momento dejó desmayar las perlas, suavemente…No pude menos que realizar la toma, en medio de una conmoción absoluta. Amparo me tiraba perlas, me retaba a duelo con la emoción, me jugaba joyas para que me atreviera y creara…

La seguí en sus contoneos felinos, la perseguí, giramos en un extraño baile sin música ni coreografía establecida. A veces, al ritmo de un vals lentón, a veces el duelo se acercaba a una tímida balada y quizás, en ciertos momentos, hasta danzamos, intensos, sin rumbo alguno…Las fotos fueron creciendo – (perlas, al fin…) -  y al cabo del proceso, quedó fijada en la placa como si se tratara de una obra renacentista.
Esa toma me sirvió para lograr una resonancia impensada, se hizo famosa y pronto logré el reconocimiento que no había buscado pero que llegaba, ahora, de su mano y gracias a su embrujo.
Yo no hacía otra cosa que apresar lo que ella me entregaba. Éramos dos  en ese juego maravilloso de empatías y transferencias. La magia crecía como un velo envolvente y los dos estábamos presos en sus fauces. Mi destino precario de fotógrafo sin nombre ni brillo había cambiado  y mis desvelos habían partido, junto con las dudas y los fracasos. Estaba en otro espacio al que no se me habría ocurrido asomarme jamás.

Poco a poco, bajo su mano graciosa y prolija, el nuevo departamento que nos cobijó fue adquiriendo un curioso aspecto. Ella no gastaba demasiado en adornos, prefería el detalle creativo, el reciclado elegante antes que el señorío impersonal, al que solía calificar de presuntuoso y tilingo. Tenía un exquisito gusto y podría decir que nuestra casa tenía carácter, que era acogedora y extraña, con algo de misterio y mucho de encanto. Le gustaba jugar con la luz y sabía aprovechar los soplos que la claridad le ofrecía.

Convinimos en que cada uno de nosotros tendría su propio escritorio y hubo un acuerdo tácito en respetar la privacidad necesaria para desarrollar nuestras tareas sin interferencias. Eligió para sí el cuarto más pequeño y me cedió el de mayor amplitud. Levanté mi antiguo taller y me trasladé con mis bártulos a este nuevo sitio.
Amparo adosó estantería a las paredes y un buen día, comenzó a llenarlas con sus libros, innumerables  y variados. Allí instaló su computadora y un aparato musical viejo que me comentó que era único en su género y había sido armado por un tío. Siempre hay un tío, pensé, qué casualidad…
Yo aproveché el bañito del fondo para la sala de revelado y mis escenarios para las tomas fueron a dar a una pieza llena de luces, cosa que agradecí infinitamente, porque es vital para mí.
En ese mundo estructurado con consenso y en paz, comenzamos a vivir un clima de creaciones. La casa pronto se llenó de buenos rumores. Nos sentimos cómodos y felices.

A veces, nos reuníamos en el living, y  me mostraba algunas de sus obras, en tanto yo le acercaba mis últimas fotos y compartíamos comentarios que siempre resultaban interesantes, calmos y enriquecedores. Pasábamos momentos deliciosos, nos complementábamos y nos divertíamos con sus salidas. Tenía muy buen humor, hacía señalamientos agudos, festejaba cada hallazgo en las fotos, subrayaba los logros de sus poemas, pedía mi aprobación o mi crítica.
Así era todo con Amparo: una fiesta que ella se esmeraba en ejecutar con modos suaves y ritmo febril, porque era verdaderamente pura energía.


Tiempo más tarde comenzarían los inconvenientes. La vida hubiera seguido en ese ritmo tierno y atrapante, si no hubiera descubierto ciertas molestias para su salud. No mostró alarma, buscó información y especialistas y al cabo, todo pareció haber sido un mal sueño. Al menos, así me lo comunicó.
Me pidió que la dejara sola en esa empresa. Privilegié su intimidad y su pudor y la respeté. Confiaba en ella, pero sentí el avispón del peligro vagando con ecos mudos por nuestros días encantadores.

Todo sucedió muy rápido, demasiado, quizás tanto que no me dio tiempo a pensar, siquiera. No se había zanjado el problema y Amparo decayó, lentamente… Inútiles fueron los intentos del médico. Había negado tanto el cuadro que el descubrimiento se produjo pocos meses antes de su partida. No hubo alternativa posible, sólo el discreto calmar de dolores con remedios, y la tranquilidad.
Me pidió que no le hiciera más tomas. Acepté sin objeciones y me dediqué a fotografiar paisajes. El regreso a la naturaleza  no calmó mi angustia, sin embargo. El tiempo era duro y la casa estaba vestida de tristeza. La música parecía la mejor compañía. Largas tardes con serenas baladas como cortina, adelantando el final inevitable, nos vieron a cada uno en lo suyo. Amparo miraba el horizonte desde su cama, en los momentos en que las crisis lo permitían. Yo recorría la ribera del Paraná  buscando en dónde recalar la inmensa pena.

Una turbia noche de junio, fría e inclemente, nos dejó, me dejó… Su recuerdo quedó ondeando en la pieza en donde la vimos partir. Yo mismo la vestí para su gala final. Con ternura intensa enhebré el último de los rituales que celebraríamos juntos y le puse su mejor ropaje: su piel. Así se fue, arropada en su propia seda. El tiempo haría el resto. El tiempo… ¿El tiempo?
No hay otra cosa más dura y triste que las partidas sin retorno… Ese saber que nunca más es desolador. Uno piensa, se resiste a resignarse, aventura todavías, algún día, quién sabe… pero no hay regreso.
El abandono debe de ser una de las peores cosas que le toca sobrellevar al ser humano. Es la devastación. Uno se arma su vida, se teje costumbres, rituales, pequeños gestos que lo obligan a abrir los ojos al día con esperanzas, se anuda ínfimas alegrías en el alma, la entona con canciones, recuerdos, la acaricia pensando en la próxima vez y de pronto, todo se derrumba como si fuera la arena de las dunas llevadas por el viento.

El territorio del abandono es lacio, seco, hostil, quita energías, subsume fuerzas, da lo mismo todo: hacer o dejarse estar. Lentamente nos va ganando una molicie no querida pero que nos enchaleca con su fuerza extraña y no deseada. No podemos escapar, no hay por dónde escapar…Todo nos vuelve a retrotraer a aquellas jornadas gloriosas en que la comunión era el condimento de la vida.
El mundo continuaba, sin embargo, y yo en él, y Amparo y su ausencia, a mi lado…
Hacia el fin del invierno, los lapachos estallan en lilas y la Alameda es un gozo sin par. Ese invierno no fue distinto.
Un día, justo un día, me parecieron más brillantes que nunca. Tomé mi vieja cámara y salí camino a San Miguel.
Tratando de esquivar las florcitas que alfombraban veredas, recordé las perlas que Amparo dejaba caer sobre su espalda. Sentí la imperiosa necesidad de tomar otra foto que la recordara. Fue como un rayo que me alumbró y me sacó de quicio.

La placita explotaba en primaveras. Extrañé más que nunca.Tanto extrañé que caminé, caminé, caminé y seguí de largo, sin tomar precauciones. Cuando el auto me levantó en vilo alcancé a apretar el gatillo de luces y disparé, disparé, disparé, sin importarme las vueltas que iba dando por el aire.
En ese justo momento, el cielo se abrió y sé que la mano de Amparo me apretó fuerte, fuerte, al fin, después de tanta ausencia. En ese momento, lo supe, lo escuché, tañeron las campanas de San Miguel. Ah, nuevamente, y como antes, ¡sonaron campanas!
No recuerdo lo que pasó después. Sé que alguien me recogió y que muchos me llevaron hacia la vida. La recuperación fue lenta y penosa. No tenía ganas de regresar. Pudo más el esfuerzo de los especialistas, que mi instinto de sobrevivencia. Muy a mi pesar, y poco a poco, volví a mis tareas.

Una mañana entré a mi taller y vi la máquina oscura y áspera. Parecía un milagro que hubiera podido recuperarla. Me dijeron que apareció sobre la vereda, intacta, junto a mi cuerpo.
Algo extraño se desprendía de su costra negra, como invitándome a abrir su corazón. Tomé el rollo, con singular unción, como si fuera parte de un antiguo ritual.
El proceso de revelado me impidió respirar, por un momento, y luego apareció lo impensado: en una de las fotos, una superficie tersa, igual de tersa que la espalda de Amparo, sostenía pequeñas florcitas lilas que lucían como perlas. El paisaje se había convertido, él mismo, en su cuerpo torneado y dúctil y las pequeñas flores, en las joyas con las que jugara alguna tarde.
No precisó ningún retoque. Con esa toma, qué curioso, logré mis sueños: la consagración y  finalmente, la Gran Ciudad a mis pies.
Ya no veo los lapachos de la Alameda cuando inicio mis mañanas, ni el río bravo y arisco, ni las pronunciadas barrancas, ni siento el calor de la provincia.
El día en que me fui para no regresar nunca más, supe que el hueco del silencio también tiene sus claroscuros y me rendí ante la pena. Entendí, al fin, cuánto de precaria tiene la felicidad, como solía decirme Amparo. Pero también supe que el amor no es provisorio, al menos para mí, que vivo con su ausencia como la única foto en blanco y negro, alta resolución, que rescato de mi pasado, totalmente en sepia.

Laura Erpen
"Es un cuento paranasero ... 
Justo en estos tiempos , cuando empiezan a florecer los lapachos de la Alameda ...
Paraná , con su encanto , quedó para siempre en mi corazón ."
Fuente de texto y foto
Laura Erpen en facebook :Laura Erpen

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