miércoles, 29 de abril de 2015

Réplicas


Aldo Oliva, profesor de Letras


(Por Osvaldo Aguirre / La Capital). 

Además de su obra como poeta, dejó numerosos registros y textos escritos para clases sobre literatura argentina y europea. Un conjunto de materiales que ahora conforma un archivo.



Tributo. Aldo Oliva ante la tumba de Charles Baudelaire, en París, hacia 1998.
  

Por Osvaldo Aguirre / La Capital (oaguirre@lacapital.com.ar) 

Un poema inédito


Estudiante crónico de Letras, francotirador apostado en distintos bares y boliches de los alrededores de la Facultad de Humanidades y Artes, Aldo F. Oliva (1923-2000) dejó no solo una de las grandes obras poéticas que se escribieron en Rosario sino también el legado de una enseñanza. La leyenda del genio oral que lo rodeó —la de un poeta talentoso, pero que no formalizaba sus ideas en un texto escrito— queda desmentida nuevamente, a través del conjunto de manuscritos, apuntes y grabaciones de clases y conferencias que se conservan.

La recopilación de los registros y los textos escritos por Oliva para sus clases y seminarios de literatura europea y literatura argentina en la Escuela de Letras de la UNR fue iniciada por Roberto García poco después de la muerte del poeta y continúa en curso, con el proyecto de editar un libro. El conjunto incluye también conferencias y charlas dictadas en espacios públicos, como "Política de la poesía", un ensayo que sitúa una de las preocupaciones constantes en la reflexión de Oliva.
El archivo preserva, entre otros materiales, clases de Oliva sobre Charles Baudelaire (uno de sus poetas predilectos), Gérard de Nerval y Eugenio Montale; cursos dedicados a Oliverio Girondo, Leopoldo Lugones y César Vallejo; análisis de poemas y textos de Jorge Luis Borges, Manuel Castilla, Macedonio Fernández y Raúl González Tuñón.

La experiencia docente fue permanente en la actividad de Oliva. Sus estudios de Letras se extendieron durante casi treinta años, período en el que abandonó y retomó varias veces la carrera, de acuerdo a las vicisitudes de su vida y de otras actividades, como la militancia en el Movimiento de Liberación Nacional. Pero siendo muy joven, en 1945, se recibió de maestro y como tal trabajó en escuelas rurales de San Genaro Norte, Tostado y Casilda. En la década de 1950, fue el centro de una nueva generación de escritores, que lo reconocieron como su maestro. "Alrededor de Aldo Oliva y Daniel Wagner, nos formamos un grupo de jóvenes que muy pronto fuimos diestros en la discusión y en la interpretación poética", recordó Noemí Ulla. Y Jorge Conti, en un homenaje que se le hizo a Oliva poco antes de su muerte: "Aldo fue el maestro que nos enseñó a leer poesía, en los intersticios que dejaba abierta nuestra participación política en los 60".

En los años 60 y 70 coordinó grupos de estudio sobre marxismo y filosofía en Rosario, Santa Fe y Paraná. "Hegel, los Manuscritos de Marx, El Capital, eran el centro de sus brillantes exposiciones", dijo Hugo Gola. En 1976, poco antes del golpe militar, se recibió de profesor en Letras, pero recién pudo dar clases en la universidad a partir de 1984. Entre 1991 y 1995 fue director de la Escuela de Letras, elegido por la abrumadora mayoría de los estudiantes y un porcentaje menor del claustro docente.
"Aldo siempre tenía discípulos que lo seguían a todas partes y le imitaban, como diría Borges, hasta la manera de escupir. Nosotros (los escritores santafesinos) a los de ese grupito los llamábamos Malvaloca, que era una marca de aceite que tenía el 90 por ciento de oliva", declaró Juan José Saer en una entrevista. Esos fenómenos de adhesión se reiteraron en los distintos momentos de su vida, como signos del deslumbramiento y la influencia que ejerció Oliva entre sus interlocutores.

El diálogo y la lectura

Roberto García, que también prologó la Poesía completa de Oliva, destaca que los registros de las clases "nos alejan de la imagen romántica del genio inspirado: había una intencionalidad diagramática en sus charlas, preparadas desde un sustrato amplísimo de lecturas aledañas al tema en sí".
Oliva decía que enseñaba literatura europea porque quería saber sobre literatura europea: no pretendía transmitir un saber sino construirlo a través del diálogo y del análisis de los textos. Sus clases incluían inevitablemente la lectura de los poemas que trataba (en los casos de poesía francesa, con su propia traducción), algo que aportaba un plus de sentido. La memoria de sus alumnos conserva numerosas anécdotas al respecto: la lectura del poema "Una rosa y Milton", de Borges, el día de la muerte de Borges, por ejemplo; o la de "Himno a la luna", de Lugones, "y uno quedaba con la idea de haber entendido", como dijo Analía Costa; o las veces que leyó, en sus clases de literatura europea, en francés y en castellano, "Recogimiento", de Baudelaire, o el canto X del Infierno de Dante Alighieri y específicamente la aparición del padre de Guido Cavalcanti y su interpelación al poeta florentino.

Las clases eran la forma de una interrogación constante. "¿Cómo acceder a una suerte de delineación o de delimitación nocional si se quiere, pero perspicua de este complejísimo producto que ha sido llamado poema vanguardista?", se pregunta Oliva en el curso sobre Girondo. Y luego, con un guiño cómplice a los estudiantes: "¿Cómo, además trasmitir, aunque queramos llevar nuestro metalenguaje a grado cero, el poema? ¿Se puede enseñar poesía? Por eso yo renuncio dentro de poco, porque yo creo que no se puede enseñar. Por lo tanto ¿qué estoy haciendo acá?". En otra clase, sobre un poema de Manuel Castilla y a propósito del título de escritor regionalista adjudicado al autor, dice: "Aquí, nos sobresalta una pregunta: ¿Cuál es la metrópoli imperial de la esencia de lo poético?" ¿Qué es la esencia de lo poético?"

Oliva se definía en clase como un "lector crítico". Así también lo recordó Saer: "Aldo era fundamentalmente un lector muy sensible, él no solo pescaba inmediatamente el sentido de un poema, aquello que había de poético en un poema, sino que además era capaz de caracterizarlo enseguida". Acuñaba neologismos —"bisemancia", para referirse a palabras de sentido opuesto, o "clarivizar", una especie de intelección poética—, desconfiaba profundamente de los términos de la teoría crítica, aun de los más comunes, como "intertextualidad" y a veces remataba sus ideas con giros de malevo: "Y esto lo sostengo a muerte y lo discuto con cualquiera", provocaba.

Las citas de autores clásicos y las indagaciones filológicas eran otros recursos. "Su talento —observó Juan B. Ritvo en un ensayo—, hecho para los golpes de la fulguración, antes que para el paciente entramado de los argumentos, le permitía unir despojos de diccionarios latinos, griegos, versos de Quevedo donde una palabra, un morfema, se aislaba con felicidad del resto del verso, a textos de admirable concisión casi epigramática o a épicas tiradas muy lejanas de nuestro tiempo".
Al proponer una lectura comparativa entre poemas de Nerval y Vallejo es consciente de su heterodoxia y advierte: "Esta operación o ejercicio surgido de algunas lecturas a las que yo pretendo llevar a su enunciación puede —tal vez con justicia— ser sospechada como un intento aventurero y riesgoso de conciliar lo inconciliable. Me juego por las utopías. Siempre". Y en un manuscrito sobre Montale apuntó: "Acceder a la lectura de un texto poético implica una riesgosa instalación (aunque en principio no lo percibamos) en las alturas (o en las profundidades) de los ventisqueros del sentido; en la agitada profusión que irradiantemente emana la lengua, fisurando cualquier suposición de univocidad".

Como señala Ritvo, sus ideas más productivas se encuentran en la deriva y no en el centro de sus exposiciones. A partir de un texto de Girondo llega al siguiente planteo: "El lector debe ser móvil, es decir, tiene que sentir agitándose su libertad, como presuntamente el escritor agitó y perturbó la suya. Lo que le trasmite es la libertad, por eso lo puede variar al texto, pero en el sentido de la búsqueda de esa libertad. No arbitrariamente, porque la libertad en principio es oferente, es dar. No volar, dar".
Era difícil saber cómo terminaría la clase de Oliva, a dónde lo llevaría el tema del programa. En un apunte sobre González Tuñón escribió una especie de guión, con un interrogante y cuatro autores: "¿Hay una correlación entre el recorrido pertinaz de la imaginería de lo placentero con algún trasfondo melancólico de la poesía lírica? Propercio - Tibulo- Manrique- Pavese". A veces no necesitaba mucho más para poner en marcha la pasión que lo movilizaba.

Réplica de nota del diario digital la capital http://www.lacapital.com.ar/
Fuente:
http://www.lacapital.com.ar/ed_senales/2013/9/edicion_239/contenidos/noticia_5060.html

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