sábado, 10 de enero de 2015

Julian Assange,el subversivo de Internet








(,,,)

"¿Quién es Julian Assange?
La filtración es un acto antiautoritario. Es inherentemente un acto anarquista

El hacker adolescente de Melbourne, el subversivo de Internet, el objetor indomable, el solitario de los mil recursos y ninguna dirección fija que viaja constantemente con una mochila repleta de ideales y un ordenador portátil que almacena grandes secretos, que son su seguro de vida.

Sin duda el idealismo vertebra el perfil afilado de un mito romántico. Julian Assange, la leyenda viva que desafía al poder, esconde su pasado con la misma habilidad que se escabulle de la CIA. Sumamente inteligente, frío pero caluroso, de modales exquisitos, calculador, enigmático, firme… y de mirada limpia. Cuando se trata de hablar de sí mismo es perceptible el sufrimiento. Quizás su pasado se esconda en un personaje de Stieg Larsson. Quizás.

Ha establecido bases secretas en Kenia, Georgia, Islandia y su propio país. Quizás sea Mendax.

Quizás no.

Es australiano.(...)

Seguir leyendo en:


Esta lectura se motivó a partir de esta otra: 

"Google, imperialismo dospuntocero"

"Los argentinos tenemos una relación de amor y odio con Estados Unidos. Sin embargo, hasta el más conspicuo admirador del american way of life se escandalizaría si un batallón de vehículos militares estadounidenses, armados hasta los dientes con cámaras digitales, desembarcara en nuestro territorio y realizara un relevamiento fotográfico pormenorizado de cada edificio, parque, puente, camino, poste… a lo largo y ancho del país.

Parece la clase de información estratégica que le permitiría a un ejército de ocupación planificar minuciosamente su despliegue sobre el terreno. Aunque pensándolo bien, quizá el territorio desnudo, digitalizado en detalle y gestionado en data centers bajo exclusivo control extranjero se parezca mucho a una ocupación.

Ocupación virtual pero ocupación al fin. Es muy probable que —minería de datos incluida— el gobierno estadounidense pudiera así conocer más de nuestro territorio, economía, habitantes y way of life que nosotros mismos. Pero el gobierno de Estados Unidos no desembarcó en Argentina con una flotilla de vehículos con cámaras digitales, Google lo hizo.

Es sabido que existen vínculos estratégicos entre los gobiernos y las corporaciones insignia de cada país. Vínculos que deben ser lo suficientemente tenues como para que cada movimiento empresarial no sea leído como una jugada geopolítica en el sordo enfrentamiento entre naciones. Google aparenta estar bastante poco interesada en cargar con esa clase de mochila, al menos, menos que la CNN o American Airlines. Supuestamente, para los tecnoutópicos libertarios de Silicon Valley los estados nación no son más que un lastre del siglo analógico, por lo cual su predisposición para involucrarse con la agenda estatal de su gobierno parece nula. O no tanto.

Imperceptibles como los electrodomésticos, los productos de Google están omnipresentes en la rutina diaria de todo el mundo. A lo largo de una década, la empresa madre ha sabido construir —y mantener— una imagen excepcionalmente benigna, pero sobre todo confiable. No es la única que lo ha logrado entre las corporaciones tecnológicas ni tampoco la primera marca en generar fans globales —desde Harley Davidson hasta Disney.

Pero para una corporación como Google, cuyo negocio es la gestión de nuestra información, la buena imagen no es un extra: quizá sea la clave de su estrategia. Al igual que los paisajes y la vida deportiva al aire libre para las tabacaleras, puede que el principal truco de Google sea justamente construir una imagen exactamente opuesta a su verdadera naturaleza: respondemos generosamente las atrevidas preguntas de Google de los campos not required de sus formularios.

No tenemos la misma predisposición al rellenar los campos del formulario para la visa en la embajada.

Cuesta creer que Julian Assange carezca de una mirada suspicaz cuando de sumergirse por los entramados del poder de trata. Sin embargo, la operación de relaciones públicas más grande y sutil de los últimos tiempos parece que tomó con la guardia baja a más de uno. Con la excusa de una entrevista, Assange dejó pasar a la plana mayor de Google al búnker de WikiLeaks cuando la guerra desatada por el Cablegate estaba en su apogeo. “Google no es lo que parece” es el título del artículo de Julian Assange publicado en el sitio de WikiLeaks que motiva este post: la inesperada visita y ciertos hechos posteriores fueron el disparador de una investigación que revela vínculos, agendas oscuras, ideologías encubiertas y abundantes puertas giratorias entre empresas laicas, inocentes oenegés y el gobierno del país más endemoniadamente poderoso del mundo.

A decir verdad, Assange no encontró piezas nuevas en este rompecabezas, pero luego de armado, el resultado impacta al contemplarlo completo.

El Presidente de Google, Eric Schmidt, comparte una broma con Hillary Clinton durante una “charla informal” especial con el personal de Google. La charla tuvo lugar el 21 de julio 2014 en la sede de Google en Mountain View, California.

Google no es lo que parece

Por Julian Assange ~ Traducido por Bibiana Ruiz y derechoaleer.

Eric Schmidt es una figura influyente, incluso considerando la procesión de personajes poderosos con los que me he tenido que cruzar desde que fundé WikiLeaks. A mediados de mayo 2011, yo estaba bajo arresto domiciliario en la zona rural de Norfolk, unas tres horas en auto al noreste de Londres. El ataque contra Wikileaks estaba en su fase más cruda y cada momento perdido parecía eterno. No era fácil obtener mi atención. Pero cuando mi colega Joseph Farrell me dijo que el presidente ejecutivo de Google quería reunirse conmigo, yo escuchaba.

En cierto modo, las altas jerarquías de Google me parecían más lejanas y oscuras que los pasillos de Washington. Para ese entonces, llevábamos años de cruces con altos funcionarios estadounidenses y podría decirse que se había perdido la mística. Sin embargo, los crecientes centros de poder en Silicon Valley mantenían un halo de misterio. De pronto fui consciente de la oportunidad que se me presentaba para comprender e influir en aquello que se estaba convirtiendo en la empresa más influyente del planeta. Schmidt había asumido el cargo de CEO de Google en 2001 y la había transformado en un imperio.1

Me intrigaba que la montaña viniera a Mahoma. Pero no fue hasta mucho después de la visita de Schmidt y compañía que llegué a comprender quién me había visitado realmente.

El pretexto para la visita fue un libro. Schmidt lo estaba escribiendo junto con Jared Cohen, director de “Google Ideas”, un equipo que se describe a sí mismo como el “think/do tank” interno de Google [N, del T.: Think ‘do’ tank es un juego de palabras con think tank, que pone el acento en la realización práctica de las ideas, más que en el análisis teórico].

Yo sabía muy poco sobre Cohen en ese momento. De hecho, Cohen había pasado a Google directamente desde el Departamento de Estado en 2010. Locuaz representante de la “Generación Y” bajo dos administraciones, Cohen era un cortesano del mundo de los centros de estudio y “think tanks”, reclutado a los veinte años. Se convirtió en consejero senior de las Secretarias de Estado Condoleezza Rice y Hillary Clinton. Mientras estaba en el Departamento de Estado, en el equipo de Planificación de Políticas, Cohen fue rápidamente bautizado como “el animador de fiestas de Condi”, llevando las últimas buzzwords de Silicon Valley a los círculos políticos y produciendo sus propias alquimias retóricas como “Diplomacia 2.0”.2 

En su página personal dentro del Consejo adjunto de Relaciones Exteriores enumeró sus áreas de especialización como “terrorismo, radicalización, impacto de las tecnologías de conexión en la política exterior del siglo XXI; Irán”.3

Director de Google Ideas y “visionario geopolítico” Jared Cohen comparte su visión con los reclutas del Ejército de Estados Unidos en una sala de conferencias en la Academia Militar de West Point el 26 de febrero 2014 Instagram por Eric Schmidt


Director de Google Ideas y “visionario geopolítico” Jared Cohen comparte su visión con los reclutas del Ejército de Estados Unidos en una sala de conferencias en la Academia Militar de West Point el 26 de febrero 2014 Instagram por Eric Schmidt.
Eric Schmidt en Instagram :http://instagram.com/

Se dice que Cohen, mientras aún estaba en el Departamento de Estado, fue quien le envió un e-mail al CEO de Twitter, Jack Dorsey, para retrasar un mantenimiento programado con el fin de ayudar al abortado levantamiento de Irán durante 2009.4 Su documentada historia de amor con Google comenzó ese mismo año, cuando se hizo amigo de Eric Schmidt mientras evaluaban conjuntamente la destrucción posterior a la ocupación de Bagdad. Apenas unos meses después, Schmidt recreaba el hábitat natural de Cohen dentro del propio Google mediante la organización de un “think/do tank” en Nueva York y el nombramiento de Cohen como su director. Así nació Google Ideas.

Más tarde, ese mismo año, ambos escribieron un artículo para la revista del Consejo de Relaciones Exteriores Foreign Affairs, alabando el potencial reformador de las tecnologías de Silicon Valley como instrumento de política exterior.5 Describiendo lo que llamaron “coaliciones de los conectados”6, Schmidt y Cohen afirmaron:

Los Estados democráticos que han hecho coaliciones con sus militares tienen la capacidad de hacer lo mismo con sus tecnologías de conexión… Estas ofrecen una nueva forma de ejercer el deber de proteger a los ciudadanos de todo el mundo [énfasis añadido].7

En el mismo artículo, sostenían que “esta tecnología es abrumadoramente provista por el sector privado”. Poco después en Túnez, luego en Egipto y luego en el resto de Oriente Medio estalló una revolución. Los ecos de estos eventos en los medios sociales online se convirtieron en un espectáculo para los usuarios de internet de Occidente. Los comentaristas profesionales, ansiosos por racionalizar levantamientos contra dictaduras respaldadas por Estados Unidos, las denominaron “las revoluciones de Twitter”.

De repente, todo el mundo quería estar en el punto de intersección entre el poder global estadounidense y las redes sociales, y Schmidt y Cohen ya habían demarcado ese territorio.

Con el título provisorio “El Imperio de la Mente” comenzaron a extender su artículo hasta llegar a la extensión de un libro, y buscaron encuentros con los grandes nombres de la tecnología y del poder global como parte de su investigación.

Ellos dijeron que querían hacerme una entrevista. Estuve de acuerdo. Fijamos una fecha para junio.

Foto de Eric Schmidt


Eric Schmidt, presidente de Google, en el panel “Pulse of Today’s Global Economy” en la reunión anual “Clinton Global Initiative”, el 26 de septiembre de 2013 en Nueva York. Eric Schmidt asistió por primera vez a la reunión anual del CGI en su sesión plenaria de apertura en 2010. (Foto: Mark Lennihan)

Para junio ya había mucho de qué hablar. Ese verano Wikileaks seguía resistiendo los ataques que recibía como consecuencia de la liberación de los cables diplomáticos estadounidenses, publicando miles de ellos cada semana. Cuando, siete meses antes, comenzamos a liberar la primera tanda de cables, Hillary Clinton denunciaba la publicación como “un ataque a la comunidad internacional” que “desgarraba el tejido” de confianza entre los gobiernos.

En medio de este clima, Google se proyectó ese junio, aterrizando en un aeropuerto de Londres y haciendo el largo viaje en coche por East Anglia, Norfolk y Beccles. Schmidt fue el primero en llegar junto con su compañera Lisa Shields. Cuando la presentó como vicepresidente del Consejo de Relaciones Exteriores —un think tank especializado en política exterior con estrechos lazos con el Departamento de Estado— comencé a prestarle un poco más de atención. Shields provenía directamente del mismísimo Camelot, después de haber sido promovida por el equipo de John Kennedy Jr. a principios de los ‘90.

Los tres nos sentamos e intercambiamos cortesías. Dijeron que habían olvidado su grabador, así que utilizamos el mío. Hicimos un trato: yo le enviaría la grabación y a cambio recibiría la transcripción para corregirla, dándole precisión y claridad. Comenzamos. Schmidt fue directamente al punto y de inmediato me interrogó sobre las bases organizativas y tecnológicas de WikiLeaks.

Poco tiempo después llegó Jared Cohen. Y con él, Scott Malcomson, presentado como el editor del libro. Tres meses después de la entrevista, Malcomson ingresaría al Departamento de Estado como redactor de discursos y asesor principal de Susan Rice (entonces embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, ahora asesora de seguridad nacional). Había trabajado previamente como asesor en las Naciones Unidas y era un antiguo miembro del Consejo de Relaciones Exteriores.

Al momento de escribir este texto, Malcomson se desempeña como director de comunicaciones de la organización International Crisis Group.8

En este punto, la composición de la delegación era: una parte Google, tres partes funcionarios de política exterior de los Estados Unidos, pero yo seguía sin enterarme. Tras los apretones de mano, comenzamos la entrevista.

-Foto de Schmidt en el ascensor-

El presidente de Google, Eric Schmidt, fotografiado en un ascensor de Nueva York, llevando el nuevo libro de Henry Kissinger, “World Order”, el 25 de septiembre de 2014.


Schmidt era un buen envoltorio: un avanzado cincuentón, bizco detrás de unas gafas de búho y sobriamente vestido. Sin embargo, el aspecto adusto de Schmidt ocultaba una “analiticidad” maquinal. Sus preguntas a menudo omitían el meollo de la cuestión, revelando una poderosa inteligencia no verbal estructural. Era el mismo intelecto que había abstraído los principios de ingeniería de software para hacer escalar a Google como una megacorporación, asegurando que la infraestructura de la empresa siempre cumpliera con una tasa de crecimiento.

Era el tipo de persona que entiende cómo construir y mantener sistemas: sistemas de información y sistemas de personas. Mi mundo era nuevo para él pero también era un mundo para desplegar procesos humanos, escalas y flujos de información.

Para un hombre de inteligencia sistemática, el Schmidt político -al menos el que yo podía podía percibir desde nuestra conversación- era sorprendentemente convencional, incluso banal.

Comprendió las relaciones estructurales con rapidez pero le costaba verbalizarlo, intercalando forzadamente términos de la jerga marketinera de Silicon Valley o del arcaico dialecto del Departamento de Estado.9 

Su mejor momento era (tal vez sin darse cuenta) cuando hablaba como ingeniero, cuando acababa con las complejidades para analizar ortogonalmente sus componentes simples.

Encontré en Cohen un buen oyente pero un menos interesante pensador, dominado por esa afectación que caracteriza habitualmente a los generalistas de carrera y becarios de Rhodes. Como era de esperar por sus antecedentes en política exterior, Cohen tenía gran conocimiento de los conflictos internacionales y sus puntos críticos y se movía rápidamente en ese contexto, detallando diferentes escenarios para evaluar mis afirmaciones. A veces parecía como si estuviese divagando por la ortodoxia académica para tratar de impresionar a sus antiguos compañeros de Washington. Malcomson, más viejo, era más pensativo, sus aportes eran meditados y generosos.

Shields permaneció tranquila durante gran parte de la conversación, tomando notas, tolerando los grandes egos que estaban sentados alrededor de la mesa mientras ella se dedicaba al trabajo real.

Esperaban que siendo yo el entrevistado hablara la mayor parte del tiempo. Busqué orientarlos a través de mi manera de ver el mundo. Debo darles crédito, creo que la entrevista es la mejor que he dado. Estaba fuera de mi zona de confort y eso me gustó. Luego comimos y salimos un rato a caminar mientras seguíamos grabando. Aproveché para indagar a Eric Schmidt sobre pedidos gubernamentales de información dirigidos a WikiLeaks y se negó a contestar, repentinamente nervioso, citó la ilegalidad de la divulgación de las solicitudes realizadas por la Ley Patriota. Al caer la noche ya se habían ido. Mientras ellos volvían a sus lejanas y etéreas oficinas del imperio de la información, yo regresé a seguir con mi trabajo. Y así terminó todo, o eso creía yo.

Dos meses más tarde, la liberación de cables del Departamento de Estado llevada a cabo por WikiLeaks tuvo un final abrupto. Durante nueve meses habíamos gestionado laboriosamente su publicación, asociándonos a más de un centenar de medios de todo el mundo, distribuyendo los documentos en sus regiones de influencia y supervisando un método de redacción y publicación sistemático y global, en un esfuerzo por conseguir el máximo impacto de nuestras fuentes.

Pero en un acto de negligencia grave, The Guardian —nuestro antiguo socio—, en el encabezado de un capítulo de un libro, publicó la contraseña secreta que permitía desencriptar la totalidad de los 251.000 cables, obligándonos a salir con rapidez para febrero de 2011.10 A mediados de agosto habíamos descubierto que un ex empleado alemán —a quien yo había suspendido en 2010— se encontraba estableciendo lazos comerciales con una variedad de organizaciones y personas, negociando información acerca de la ubicación del archivo encriptado al cual correspondía la contraseña publicada en el libro. Teniendo en cuenta el ritmo al cual se diseminaba la información, estimamos que en un par de semanas la mayoría de las agencias de inteligencia, contratistas e intermediarios tendrían acceso a todos los cables pero el público no.

Entonces decidí que era necesario adelantar nuestro cronograma de publicación en cuatro meses y contactar al Departamento de Estado para dejar constancia de que los habíamos puesto al tanto. Esto ayudaría a hacer más difícil un nuevo ataque legal o político. Como no pudimos llegar a Louis Susman —el embajador de Estados Unidos en el Reino Unido en aquel momento— intentamos por la puerta principal. Nuestra editora de investigaciones, Sarah Harrison, llamó directamente a la recepción del Departamento de Estado e informó al operador que “Julian Assange” quería tener una conversación con Hillary Clinton. Como era de esperar, esta declaración fue recibida inicialmente con incredulidad burocrática. Pronto nos encontramos en una de las delirantes escenas de Dr. Strangelove, cuando Peter Sellers llama en frío a la Casa Blanca para advertir de una inminente guerra nuclear y lo dejan con el llamado en espera. Como en la película, fuimos subiendo en jerarquía, llamando a funcionarios cada vez de más alto rango, hasta que llegamos al asesor legal de Clinton. Dijo que nos devolvería la llamada. Colgamos y esperamos."(...)

El texto completo está acá:



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Deja tu comentario,opinión,sugerencias...