miércoles, 17 de septiembre de 2014

De mi memoria

17 de septiembre
Día del Profesor

Reproduzco una nota que escribí en Faceboook en 2011 y que me parece oportuna recordarla en este día.

Si pienso en mi ejercicio docente recuerdo estas escuelas  como la Escuela  J.M.Estrada de Bovril, la Escuela Técnica F. Leloir,la escuela N°43 Tratado de Alcaraz de Alcaraz, y todas aquellas escuelas del Dpto. La Paz donde comencé mi labor docente.
Luego vendrían establecimientos de Paraná, de Colón, a los que les dedicaré otra nota.

Esta una copia textual de la que escribí hace tres años.

"De mi memoria"

                                                                                                                      14 de marzo de 2011

La nota en Página 12 sobre el documental "RR La cosecha amarga", trajo a mis recuerdos el recorrido que hacía desde Bovril hasta la Escuela Agrotécnica "M. P. Antequeda", ubicada en Colonia san Carlos ,departamento La Paz , Entre Ríos; era por un camino de broza que nos abrumaba con un ceniciento humo de tierra.

Cierta vez, un alumno me comentó, al pasar por la estancia donde vivía, (sus padres trabajaban como peones allí y pasábamos  a buscarlo para llevarlo a una escuela centro donde reuníamos con  chicos de otros parajes:

-"Sabe Doña, esto es de unos ingleses..."


En otra ocasión fuimos a visitar la casa (una choza o rancho con piso de tierra y construido con palma caranday, típica de esa zona) de la familia de una alumna que había sido mamá y a quien había atendido su papá oficiando como partero.

Ahí nos enteramos que ya hacía como diez días que había dado a luz, y permanecía ahí sin atención médica ya que no tenían recursos para trasladarse hacia el hospital de Bovril. Entre los saludos y ofrecimiento de unas sabrosas tortas fritas con  mate entregado con la más sencilla humildad y gentileza campesina, observé como los hermanitos de la joven mamá, salían en busca de agua hacia un arroyo cercano; era así, no tenían agua corriente, ni luz, ni nada de lo que seguramente tendrían aquellos dueños de la estancia.

Ellos también trabajaban para otros dueños de la tierra.

El lugar era una estampa para la mirada de un turista seguramente, pintoresca, exótica, en el medio de esas lomadas entrerrianas, con un colorido de esos verdes que se publicitan en grandes carteles, un ocre de soles y atardeceres fotográficos con rostros resquebrajados de frío, calor, trabajo y lucha por sobrevivir en ese mundo.

Nos despedimos agradecidos y con el compromiso de enviar ayuda tanto económica, como ropa que se juntaría en la escuela a  través de una colecta y el traslado de la alumna hasta el centro de salud más cercano para que le hicieran los controles tanto al bebé como a su mamá.

No fue la única experiencia de las tantas que viví cuando era docente allí, en el Dpto La Paz, con latifundios , extensas tierras con montes  con hacienda de buena carne, algunos propiedad de extranjeros y otros de los aún terratenientes locales que continúan con la histórica y desdeñable contratación de familias a las que les pagan un mísero salario.

En la escuela se vivía, si bien compartíamos un hermoso trabajo por parte de los que conformábamos el equipo de trabajo rural y comunitario, la discriminación social, la falta de recursos de los desfavorecidos por la situación de pobreza y falta de trabajo, la deserción escolar, los niños y jóvenes debían trasladarse a la escuela a caballo, (a veces tres chicos sobre un  cansado y flaco caballo, mientras los patrones de sus padres conducían los últimos modelos de 4x4 y, mientras duraban las lluvias hasta que se hacían transitables los caminos faltaban a las escuelas y eso afectaba la continuidad de sus aprendizajes.

Esto no pretende ser  una historia de cuentos regionales ni relatos literarios.

Es testimonio de lo que presencié durante los años que trabajé en la zona rural tanto mientras  duró el Proyecto de E.G.B 3 Rural  hasta el año 2001 que tuve que abandonar por razones personales y familiares.

En mi memoria estarán por siempre la imagen esos tenaces alumnos, niños de siete a doce años  que arribaban hasta la escuela luego de haber hecho a caballo  hasta dos horas un viaje de 2 y hasta  5 Km., levantándose a las cinco de la mañana y calzados con alpargatas, con escasos abrigos, en  un crudos invierno o abrasantes calores estivales bajo un sol quemante.

Fueron imágenes muy crudas para mi inexperta docencia, totalmente diferentes a las que uno ve en una ciudad; incluso tan distintas a las de mi infancia cuando asistía a la escuela que me quedaba a seis o siete cuadras de mi hogar; salía  bien abrigadita y nos esperaba un aula de clases con todos los elementos y recursos para nuestra enseñanza. Un salón de actos con un escenario para representaciones teatrales u otra actividad y un precioso piano donse la Srta. Pocha Varela tocaba con emoción el himno que  entonábamos en los actos y festividades.

De todo lo que había aprendido en el Profesorado y para lo que me habían preparado, esos contenidos y recursos pedagógicos  para trabajar en la selva montielera o campo jamás estuvieron en materia alguna.

Allá, en esos montes de aromos y algarrobos  los fui incorporando de a poco, con asombro, extrañeza y asimilando cada experiencia diaria como capital para esta segunda enseñanza que me faltaba aprender.

Siento hasta ahora una profunda admiración por aquellas maestras y maestros que se levantaban muy temprano, casi de madrugada para preparar el aula, la única en donde se hacían cargo de un puñado de alumnos desde primer año hasta el séptimo (por entonces esa era la duración de la primaria y transitábamos la etapa del paso de séptimo grado al octavo año de la educación secundaria.

Fue una labor ardua, un trabajo de doce a quince  horas de trabajo por día desde que nos despertábamos,  a las cinco de la mañana, organizar el material preparado la noche anterior, el viaje en el transporte escolar hasta los lugares donde vivían los alumnos, el traslado hacia la escuela centro, las horas de enseñanza en el aula , la capacitación a los maestros, el regreso de los niños a sus hogares y el nuestro a la escuela; con jornadas institucionales que duraban de la mañana a la noche, con días de angustiosa espera a que el camino mejorara después de una lluvia para  poder salir y regresar a nuestras ciudades de residencia.

Otras vicisitudes y sucesos han quedado en mi memoria y están en planes de escritura de otras crónicas. Sin embargo, si bien era adverso el suelo, el clima, la pobreza, la falta de recursos (de hecho la escuela estaba dentro de la categoría de zona muy desfavorable) hubo razones que me motivaban a quedarme allí y me enriquecían el espíritu para continuar en ese lugar.

En principio, el amor y el sentido de pertenencia a la escuela, tanto del equipo directivo como de los preceptores, el alumnado, las familias, el personal de otras tareas no docentes tan importantes y fundamentales para el funcionamiento de la institución.

Cocineras, enfermeras, choferes, personal de mantenimiento, etc.

El respeto tanto de los alumnos como de las familias y la comunidad hacia la persona del docente; el cariño y afecto prodigado , la amabilidad, los valores humanos de solidaridad, generosidad a pesar de sus carencias, la dedicación al estudio y la voluntad de aprender y superarse entre otros. El compañerismo y afecto de los otros profesores y del Equipo de Formación no Docente con quienes conformábamos una verdadera comunidad educativa eran muy fuertes motivos y pretextos para no dejar la tarea docente en ese paraje. 

¡Tan distante de lo que encontré en el ambiente escolar urbano ! 

Pero llegó el momento que tuve que solicitar el traslado a la ciudad de Paraná donde vivía. Y no hace mucho de esto que relato, dejé en el año 2002, cuando nació Virginia, mi hija  y ya no podía seguir trabajando allí.

¡Imaginan la diferencia cuando reinicié mi labor  en la ciudad!. Siempre me asoma el deseo de regresar a esos sitios donde aprendí más de lo que enseñé y sentía que verdaderamente entregaba mi alma en esos niños y adolescentes, en sus familias y, por otro lado me reconfortaba, porque veía que mi vocación estaba plenamente realizada.

Sé que no soy la única que ha pasado por estas experiencias, muchos de mis compañeros también pueden relatar parecidas historias de su vida docente.

Hoy me asaltaron deseos de expresar esto que  quizás no esté muy bien narrado (lo escribo con un coro de niñas a mi  alrededor y entre otras ocupaciones) pero con un sentimiento de agradecimiento a la vida por elegirme para ejercer mi trabajo en esas colonias, la de San Carlos, allí está ubicada la Escuela M.P. Antequeda en el Departamento La Paz, (1), Entre Ríos, donde también está Bovril, Sauce de Luna, Alcaraz, ciudades de las cuales también atesoro recuerdos imborrables.

Para otra semblanza."



Nota publicada en 2011 :De mi memoria

(1)Durante mi labor docente en la Escuela N°15 "Manuel P.Antequeda" trabajó primeramente como compañero, colega y luego Director de la escuela el Profesor Sergio Altmirano, hoy es el Director de Escuelas Secundarias en el Consejo general de Educación de la provincia de Entre Ríos.

Mis saludos a él y a todos los colegas que siguen trabajando en esas escuelas u otras instituciones en otros lugares.

En la nota hay fotos que puse en aquel momento ,hoy agrego aquí algunas tomadas del sitio web de la escuela Antequeda: Antequeda en fotos a través de Google










La huerta




Camino hacia la escuela 

Escuela Antequeda en facebook : Escuela Antequeda

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